Octubre 14, 2017
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El comodín

 

Efraín jaramillo Jaramillo/Colectivo de Trabajo Jenzera

En Póker, el comodín (joker) es una carta que  –según las reglas de este juego– puede representar cualquier otra carta de la baraja, para formar un juego –por ejemplo una terna, un full, una escalera, etc.– El comodín no posee un valor nominal específico, real, sino que adquiere el valor de la carta que sustituye. La ilusoriedad temporal que posee, hace que en la baraja esa carta sea representada por un bufón. Por analogía, podríamos inferir, que en la vida real de las organizaciones sociales hay “partidos comodines”, que se usan para representar intereses ciudadanos. No los reales, sino los ilusorios. La historia de Colombia esta plagada de partidos comodines, que emergen en épocas electorales para representar intereses de determinados grupos sociales. Pero que no solo no los representan, sino que, como bufones que son, suelen burlarse de la gente que dicen representar. Un caso patético de una organización ‘comodín’ es la Fundación Ébano de Colombia –FUNECO–, un movimiento político cuestionado por sus nexos con el ex-senador Juan Carlos Martínez Sinisterra, un político afrocolombiano “condenado por concierto para delinquir y hoy preso e investigado por narco-política.”[1] Pues ese movimiento político se creó para avalar los dos candidatos a la Cámara de Representantes, que por circunscripción especial le corresponden a las negritudes. Evidentemente, con una bien aceitada maquinaria electoral, FUNECO se alzó con las dos curules de los afrocolombianos. Lo paradójico de este acontecimiento: Los elegidos ni siquiera eran negros.

A este fenómeno de partidos comodines que usurpan la representación de grupos sociales y bloquean el surgimiento de reales representaciones autónomas, se le suma otra especie de  comodines de carne y hueso, que se arrogan el derecho de representar políticamente a sus congéneres, sin tener la más mínima idea de que es hacer política, o lo que es peor, tener una idea errónea sobre lo que es la política. Hay seres humanos que siendo muy inteligentes, no saben pensar, escribió Hannah Arendt en “La Condición Humana”. “No saben pensar en política”, aclaró. Exhiben genialidad en otras materias artes: son ilustres juristas, brillantes periodistas, excelentes escritores, experimentados facultativos, pero en política son auténticos cretinos. No obstante son elegidos por sus logros en las ciencias y en las artes, o en otras profesiones que poco tienen que ver con el manejo de la polis. Y no por tener dotes y saber pensar en política. En Colombia hay curas alcaldes, latifundistas que truecan la cría de ganado por puestos públicos, poetas y hombres de letras que se convierten en presidentes. Hay ‘cuentachistes’ y narradores de partidos de fútbol que aspiran al senado, etc. Un caso memorable sucedió en Cali, la tercera ciudad más importante de Colombia, donde fue elegido como alcalde un invidente[2]. Era un buen orador y hacía aclamados debates en el Concejo Municipal contra la corrompida clase política de la capital del Valle, lo que encumbró su liderazgo popular. Pero no tenía idea de como administrar una ciudad y no sabía nada de política. En el caso particular de nuestro alcalde no poder ver la ciudad era evidentemente un hándicap, que le impedía ejercer su cargo.

Por aquella época rodaba un chiste sobre dos muchachos que lo seguían riéndose de su inseguridad para andar. El alcalde no se inmutó por las impertinencias de los chicos.   Cuando más adelante uno de ellos le gritó: “¡cuidado con el hueco!”, continuó caminado, creyendo que era una falsa advertencia. Pero era cierto. Cayó aparatosamente. Uno de los chicos se le acercó y sentenció con compasión: “¡Pobre alcalde, además de ciego, es sordo!”. En política no son comunes estos candorosos percances. Las controversias usualmente están cargadas de injurias y descalificaciones. Es habitual. La política es también la guerra por otros medios: las palabras. Y también aquí se presentan ‘guerras sucias’. Pero aunque en ciertas ocasiones puede llegar a serlo –como es el caso de nuestro alcalde de marras–, no es político ni elegante descalificar a un militante de un partido por su condición de incapacidad física, como lo hace el partido político cristiano ‘Mira’, que veta a sus miembros en condición de discapacidad para ejercer cargos. O descalificarlos por las faltas cometidas por su partido; pero también a la inversa, responsabilizar a un partido por las faltas cometidas por uno de sus miembros directivos

Una figura de ‘guerra sucia’, en el campo de la política y bastante usual en nuestro medio, es la llamada crítica ‘ad hominem’, con la cual se busca zanjar una discusión política, no refutando el argumento del oponente, sino demeritando a la persona, descalificándola o, simplemente injuriándola. Pero esto ya no tiene nada que ver con la política. O mejor dicho, para actuar así no se necesita saber de política. Basta con ser un vulgar y despreciable bufón.

Hay ocasiones en que una clase social produce sus propios líderes. Pero aún así, son escasos los líderes que combinan magistralmente los papeles de “especialista y organizador”, que para Gramsci son los atributos de un “filósofo de la praxis”; un organizador que se mueve como pez en el agua, entre el sentimiento popular y la reflexión teórica. Estos por él denominados “intelectuales orgánicos” son cada vez menos frecuentes en nuestros días. Y a la vez que estos desaparecen del horizonte de las organizaciones, en la modernidad vienen proliferando los ‘hombres-masa’. Los conocedores del pensamiento de José Ortega y Gasset señalan, que aquí el filósofo español fue influenciado por Sigmund Freud, que para esa época (1921) había escrito el ya clásico ensayo: Massenpsychologie und Ich–Analyse (Psicología de las masas y análisis del Yo). En este ensayo Freud define a una ‘masa’ como  un “ser provisional”, compuesto de hombres-masa heterogéneos, que se han unido temporalmente –bajo determinados y eficaces mecanismos psíquicos– para constituir un movimiento de masas. De allí Ortega deriva su concepto de ‘hombre-masa’ y su tesis del ser, cuyo ‘yo’ se disuelve en el océano de la masa, constituyendo con otros hombres-masa los ‘partidos-masa’. Un hombre-masa es una persona, que reúne en sí una serie de características psicológicas y sociales, que lo diferencian del intelectual orgánico, y la diferencia no es poca; veamos que dice Ortega:

“El hombre-masa es un hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado [...] Más que un hombre, es sólo un caparazón de hombre constituido por meres idola fori[3]; carece de un “dentro”, de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga…” [4]

Aquí es necesario diferenciar los ‘partidos-masa’ de los ‘partidos de masas’. Aunque hay varias diferencias entre un ‘partido-masa’ y un ‘partido de masas’, hay una que es fundamental en términos políticos, y es que estos últimos movilizan a las masas de acuerdo a una visión del mundo, es decir de una ideología que busca ordenar el caos que se origina después de la destrucción de un orden establecido, buscando establecer una hegemonía. Un partido-masa, en cambio, carece de ideología, o lo que puede ser lo mismo, utiliza o combina simultáneamente diversas ideologías.

Pero se preguntarán ustedes, que tienen de común todos estos movimientos y partidos de masas. Pues eso: son partidos de masas. No son ‘partidos de clase’, que representan intereses de determinados sectores sociales al interior de un orden social. Los primeros partidos de masas, surgieron en Europa durante el tercer decenio del siglo XX, con el Partito Nazionale Fascista de Benito Mussolini en Italia y principalmente en Alemania con el partido Nazi –Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (NSDAP). A diferencia de los partidos de clase, que cumplen la función política de organizar los intereses de sus asociados, los partidos de masas, no provinieron de un orden, sino de un desorden social, ocasionado en gran parte por las nefastas consecuencias de la primera guerra mundial, que desestructuraron social y políticamente los Estados de esas Naciones.

¿Podríamos sacar algunas enseñanzas de estos enunciados para la Colombia del posconflicto? Preguntado de otra manera ¿estaríamos enfrentando una reedición de los partidos de masas semejante a como se dieron en la Europa de los años treinta? Aquí se debe proceder con mucha cautela, pues no se trata de repetir la historia ni como comedia ni como tragedia. Veamos, a diferencia de lo que sucedía en la República de Weimar en Alemania después de la primera guerra, donde se  fraguó un movimiento de masas (el Nacionalsocialismo) que vació de sentido la política y eclipsó a Europa durante casi dos décadas, en la Colombia del posconflicto de nuestros días se están articulando múltiples alternativas políticas y estamos lejos, de que se hagan realidad los deseos de movimientos autoritarios –de derecha o de izquierda– que ven en el proceso de paz la oportunidad de fundar o ‘refundar’ una nueva República: Para refundar en vastas regiones del país un sistema social “señorial-latifundista”, un sistema que fundamenta su poder en la tenencia de grandes extensiones de tierra de alta productividad agrícola, donde “pasta apaciblemente” el ganado, mientras miles de familias campesinas se aglomeran a su alrededor a contemplar esos “vacíos rumiantes”. Si de algo conocemos de sobra y podemos hablar con solvencia los colombianos es de las patologías que han dejado los conflictos alrededor del acaparamiento de la tierra. Ya felizmente superamos aquel momento, cuando Álvaro Uribe intentó contagiar con su propia patología a toda la Nación. Y como dicen las abuelas “ya no estamos más para esas cosas”.

O para cumplir los sueños de una trasnochada militancia de izquierda, robustecida por el nuevo partido político FARC, que anhela fundar una República socialista à la Chávez, acudiendo, como dice Fernando Mires, “a seres desorientados, personas sin pertenencia ni intereses, en disposición para ser reclutados por formaciones políticas emergentes que ofrecen a las masas desclasadas –no necesariamente empobrecidas- un último refugio: una nación imaginaria…” En vez de dar un giro sensato –como parece estarlo dando Timochenco–, prefieren aferrarse a aquellas convenciones que les permitieron sobrevivir, con alguno que otro sobresalto, este medio siglo; evitando al máximo exponerse a la opinión crítica de un mundo cambiante y complejo, que recién están aprendiendo a conocer. Ahí reside la fuerza de sus convenciones: “tienen vigencia a partir de ellas mismas”[5]. “…la completa y feliz ausencia de contaminación de cualquier realidad” (Kolakowski). Tampoco estamos para esas cosas.

No debemos entonces tenerle miedo a la heterogeneidad de partidos que hay en el país, pues nos ayuda a evitar los autoritarismos de quienes ven en la democracia liberal, representativa y pluralista un peligro para sus intereses, o la consideran un sistema alcahuete y permisivo a toda suerte de fraudes de las clases dominantes.

A lo que sí debemos temer es a los partidos-masa, que carecen de un fundamento filosófico sólido, consistente. Estos partidos se prestan como comodines a todo tipo de intereses, no sólo políticos. Un permanente e insoportable dèjá vu utilitarista. Situación que se torna más insoportable aún, cuando esos partidos, que son fundados para representar intereses de los pueblos étnicos, se llenan de hombres-masa que facilitan la cooptación. Estos inescrupulosos hombres-masa “que están siempre ahí en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa, pues tienen sólo apetitos… hombres sin nobleza” (Ortega), que venden la representación política de sus pueblos. Todos salen gananciosos: los hombres-masa reciben su tributo por la cesión de derechos políticos a otros partidos; las “aves políticas de bajo vuelo” que sin escrúpulos facilitan el ‘enganche’ –“falsos positivos políticos”–, que también son gratificados, y bueno los grandes partidos-masa, que aspiran a manejar los negocios del Estado, pues ¿qué mensaje puede ser más agitador que mostrar en sus filas a los sectores más ultrajados de la sociedad colombiana? Esto además convoca a otros sectores humillados, que ya están dispuestos para la indignación.

Sería conveniente en este sentido –para la salud política de los pueblos indígenas y afrocolombianos–, tomarle el pulso a los partidos políticos que surgen del seno de las organizaciones, pues se rumora que están avalando a diversos candidatos presidenciales, avales que se presentan como alianzas, cuando en realidad son comodines.

Göttingen, 12 de octubre de 2017

 


[1] Revista Semana: ¿Por qué se indignaron los negros?, Bogotá, abril 7 de 2014.

[2] No quiero decir que los invidentes, por su incapacidad visual sean majaderos, por favor. En la historia de la música han sobresalido invidentes como Ray Charles o Andrea Bocelli, Stevie Wonder o Joaquín Rodrigo; y seguramente en otras disciplinas habrán personas invidentes con excelentes desempeños.

[3] ‘mezcla de ídolos del mercado’

[4] José Ortega y Gasset: La Rebelión de las masas.

[5] H.C.F. Mansilla: “Indigenismo y conocimiento”

 

 

 

 

 

 

 

 

Octubre 10, 2017
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Aclaración a la opinión pública acerca de los hechos violentos del 5 de octubre de 2017

 

CONSEJO COMUNITARIO DEL PUEBLO AUTONOMO DE ALTO MIRA Y FRONTERA

“C C A M I F”

Municipio de Tumaco – Departamento de Nariño – Colombia

Resolución de Titulación Colectiva No. 0525 del 2 de Marzo de 2006, INCODER, NIT: 840.000.219 – 3

 

Colombia, San Andrés de Tumaco 07 de Octubre del 2017

 

Aclaración a la opinión pública acerca de los hechos violentos del 5 de octubre de 2017

 

La junta de gobierno del Consejo Comunitario del pueblo negro Alto Mira y Frontera, manifiesta una vez más su más sentido rechazo a los hechos violentos ocurridos en cercanías de Puerto Rico – Mataje y expresa su solidaridad con las familias de las víctimas de tan aborrecible acontecimiento. Reiteramos que se trató de una tragedia anunciada, pues una y otra vez le habíamos advertido e insistido a las autoridades civiles y militares que evitaran este suceso. Como pueblo negro estamos cansados de que nuestras voces no sean escuchadas y que tengan que ocurrir tragedias de este tipo, para que los ojos del país se enfoquen transitoriamente en las problemáticas de nuestro territorio colectivo, pues la eficacia de las instituciones es nula. Por ello, y debido a la serie de informaciones imprecisas acerca de lo que sucedió, nos permitimos manifestar que:

1. Los hechos violentos no ocurrieron de manera puntual o espontánea y no se resumen en la coyuntura reciente. El trasfondo de este asunto responde tanto a problemas territoriales históricos relacionados con la falta de garantías para el goce efectivo de derechos de nuestro territorio colectivo, como a las acciones absolutamente equivocadas del gobierno nacional, que ha priorizado la erradicación forzada a toda costa, mientras que el Programa Nacional de Sustitución de cultivos de uso ilícita avanza a marcha lenta y sin garantías.

2. La junta denunció oportunamente las amenazas, intimidaciones y abusos de todo tipo de las que han sido víctimas muchas de las comunidades que habitan esa región, sin que hayan existido medidas efectivas que hubieran evitado la tragedia.

3. Es necesario que se investigue y se esclarezca en detalle lo sucedido, con el fin de que se determinen responsabilidades y se dicten medidas de protección colectiva para

nuestras comunidades. No queremos más derrame de sangre, el consejo comunitario Alto Mira y Frontera tiene que volver a ser territorio de paz y libertad.

4. La política de erradicación forzada es responsabilidad directa del gobierno nacional y no de la junta de gobierno del Consejo Comunitario Alto Mira y Frontera. Por lo tanto exigimos un pronunciamiento claro por parte del Ministerio de Defensa y del Ministerio del Interior al respecto.

Nuestra posición ha sido clara: a pesar de las contradicciones e incumplimientos del Estado, apostamos por la sustitución concertada y voluntaria de los cultivos de uso  ilícito. La mata de coca no nos identifica y es un problema ajeno, que llegó masivamente a nuestro territorio, promovida por terceros externos.

5. Una de las soluciones de fondo para esta problemática, tiene que centrarse en otorgar verdaderas herramientas de gobernabilidad al Consejo Comunitario Alto Mira y Frontera. Por tal motivo, exhortamos urgentemente a la Agencia Nacional de Tierras a que cumpla en el menor tiempo posible, los compromisos adquiridos con nosotros como junta de gobierno.

6. El territorio del pueblo negro Alto Mira y Frontera fue priorizado en el capítulo étnico del acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC-Ep. En consecuencia, es un deber de Estado su cumplimiento, para garantizar la vida, autonomía y libre desarrollo de nuestro pueblo.

7. Es urgente que de una vez por todas, el Programa Nacional de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito tenga verdaderas herramientas de funcionamiento. Por consiguiente, es preciso que se socialice en el territorio y que exista un fuerte acompañamiento de las instituciones en cada una de las acciones que contemple el Plan. La entrega de información clara, precisa y masiva es fundamental para que este programa tenga mayor credibilidad y se eviten hechos hostiles.

8. Es preciso que las instituciones, medios de comunicación y opinión pública en general, tengan muy claro que la autoridad legítima de nuestro territorio es el Consejo Comunitario del pueblo negro Alto Mira y Frontera.

9. Es necesario que la Unidad de Víctimas ponga en marcha un plan de protección colectiva, de los líderes, lideresas y de nuestras comunidades en general.

10. Le pedimos a las Farc y al gobierno nacional que asuman sus responsabilidades con respecto a la emergencia y consolidación de nuevos grupos armados ilegales. Ante todo pedimos respeto por la vida y verdaderas políticas de desarrollo local que ofrezcan oportunidades a todos los habitantes de este territorio colectivo.

11. Instamos a que se amplíen las medidas cautelares existentes sobre nuestro territorio y que nuestros procesos jurídicos se eleven a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con el fin de que se protejan nuestros derechos colectivos y se garantice la vida e integridad de las comunidades.

12. Hacemos un llamado a los pueblos afrocolombianos, a los pueblos indígenas, a defensores de derechos humanos, organizaciones no gubernamentales y a la comunidad internacional que se solidarice con nuestra causa. En los próximos días planteamos realizar una toma pacífica y cultural de nuestro territorio colectivo, que simbolice un nuevo y esperanzador porvenir para nuestras comunidades.

 

JUNTA DE GOBIERNO DEL CONSEJO COMUNITARIO ALTO MIRA Y FRONTERA

C.C:

. Ministerio del Interior

. Ministerio de Defensa

. Dirección de Atención Integral en la lucha contra las Drogas

. Defensoría del Pueblo

. Procuraduría

. Personería

. Organizaciones de Derechos Humanos

. Oficina del alto Comisionado para la Paz

. Alcaldía

. Gobernación

. Presidencia

. Vicepresidencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Octubre 10, 2017
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MASACRE DE TUMACO

 

CONSEJO COMUNITARIO DEL PUEBLO AUTONOMO DE ALTO MIRA Y FRONTERA

“C C A M I F” [*]

Municipio de Tumaco – Departamento de Nariño – Colombia

Resolución de Titulación Colectiva No. 0525 del 2 de Marzo de 2006, INCODER

NIT: 840.000.219 – 3

Colombia, San Andrés de Tumaco 05 de Octubre del 2017

COMUNICADO PÚBLICO

En nombre de las comunidades pertenecientes al Consejo Comunitario del Pueblo Negro Alto Mira y Frontera, mediante el presente comunicado, denunciamos y alertamos una vez más, que la vida, integridad y supervivencia de cada una de las familias que forman parte de nuestro proceso organizativo, se encuentra en máximo riesgo por cuenta de toda clase de hechos violentos que día a día se presentan en nuestro territorio. A pesar de nuestras súplicas y exigencias que como junta de gobierno habíamos formulado ante las diferentes autoridades civiles y militares, para evitar la situación que se presenta en la actualidad, estamos ad portas de una verdadera tragedia que puede ocasionar más derrame de sangre y dolor entre nuestros hermanos.

Actualmente, nosotros como junta de gobierno, nos encontramos amenazados por nuestra posición decidida a favor de la defensa de la vida, la autonomía y el libre desarrollo de nuestros pueblos, que se ha visto reflejada en nuestra apuesta por la sustitución concertada y voluntaria de los cultivos de uso ilícito, a pesar de los sucesivos incumplimientos y contradicciones del gobierno nacional en la puesta en marcha del PNIS. Nuestro escenario no puede ser más lamentable, y por ello,

manifestamos:

- Que durante las últimas semanas se han venido presentando presiones de grupos armados hacia la comunidad perteneciente al Consejo Comunitario, buscando que asuman el rol de escudos humanos ante la intervención de la fuerza pública que realiza labores de erradicación forzosa.

- Que el día de hoy 05 de octubre de 2017, en horas de la mañana, fueron asesinadas y heridas un número de personas indeterminadas, pertenecientes a  las veredas del Consejo Comunitario Casas Viejas, entre otras y el Azúcar (la cual no hace parte del Consejo Comunitario).

- Que en los últimos meses han aparecido nuevos grupos armados ilegales, los cuales se han consolidado y fortalecido.

- Que estos grupos se encuentran en plena disputa territorial entre sí, ocasionando desplazamiento, confinamiento de cientos de familias, y terror en diferentes veredas de nuestro territorio.

- Que, algunos de esos grupos armados ilegales, además de enfrentarse diariamente, también han intensificado el reclutamiento de jóvenes, con abusos e intimidaciones de todo tipo contra los líderes y demás habitantes de nuestro consejo comunitario.

- Que a pesar de nuestras insistencias, el programa Nacional de Sustitución de cultivos de uso ilícito tiene un ritmo paquidérmico, mientras que la erradicación forzada avanza a toda marcha en distintas veredas de nuestro territorio, evidenciando una enorme contradicción con lo pactado en el acuerdo de paz entre el gobierno nacional y las FARC-Ep.

- La lentitud de la puesta en marcha del PNIS y la desinformación que han fomentado los sectores que se oponen a la sustitución, ha alimentado la zozobra, incertidumbre y desconfianza entre muchos de los habitantes del Consejo Comunitario Alto Mira y Frontera.

- Pese a todo, la mayoría de las familias que hacen parte de nuestro Consejo Comunitario han demostrado su posición firme a favor de la sustitución, y por tal motivo, se han visto expuestas a que se amenace su integridad por parte de los sectores que se oponen a ella.

- En la actualidad, se han desplegado al menos cinco batallones del ejército nacional y dos tropas de la policía antinarcóticos que han emprendido la erradicación forzada en distintos puntos de nuestro territorio, sin consideraciones de respeto por la tranquilidad de nuestras familias, viviendas y cultivos.

- El avance de las brigadas de erradicación y el enfrentamiento entre grupos armados ilegales que se han asentado en nuestro territorio, provocan una situación de riesgo aún mayor hacia las comunidades.

Aún continúa irresuelta la problemática de tierras y territorio del título colectivo de nuestro consejo comunitario, siendo un aspecto fundamental para el avance eficaz del programa de sustitución.

- A pesar de que a la Vicepresidencia de la República le hemos solicitado con carácter urgente, la continuidad de la mesa técnica de seguridad para abordar todas las problemáticas enunciadas, esta se ha venido postergando en al menos tres oportunidades. Nuestras solicitudes iniciaron el 22 de agosto de 2017 en el marco de la toma pacífica a la Casa de Justicia de Tumaco y de la reunión que sostuvimos con el Vicepresidente el 25 de agosto del presente año.

- El problema de seguridad es tan grave que ni siquiera las autoridades civiles e instituciones de ayuda humanitaria, han podido ingresar en ciertos sectores de nuestro territorio para prestar ayuda humanitaria y asistencia a las víctimas.

Teniendo en cuenta todas estas consideraciones, exigimos:

A los grupos armados:

- Respeto a la vida y la integridad física de la junta de gobierno del consejo comunitario, de los líderes y lideresas y de las personas que habitan cada una de nuestras comunidades.

Al gobierno nacional:

- Que garantice la protección de los miembros de la junta de gobierno, de líderes, lideresas y de cada una de las comunidades del Consejo Comunitario Alto Mira y Frontera.

- Que se cumpla con lo pactado en el punto número 1 y número 4 de los acuerdos de paz de la Habana, sin nuevas contradicciones. A su vez, que se dé celeridad al programa de sustitución de cultivos de uso ilícito para las comunidades.

- Que lo pactado en la mesa técnica encabezada por Vicepresidencia y Consejo Comunitario Alto Mira y Frontera, se cumpla a cabalidad.

- Que se comunique claramente que el Programa de erradicación forzada es responsabilidad directa del gobierno nacional y no de la junta de gobierno del Consejo Comunitario Alto Mira y Frontera.

- Que en el marco de las medidas de implementación del acuerdo de paz, el gobierno nacional priorice en nuestro territorio la solución a las diferentes problemáticas previstas en el posconflicto.

- Que garantice las condiciones aptas para el desarrollo y buen vivir de las comunidades de nuestro Consejo Comunitario, respetando nuestra autonomía, el derecho al ser, la autodeterminación y la libre expresión.

- Que el gobierno sea mucho más claro con el programa de sustitución de cultivos de uso ilícito, para garantizar la credibilidad y confianza en el proceso.

- Que la presencia del estado no sólo puede ser vista desde la militarización de los territorios, debe ser vista en el marco de la presencia interinstitucional brindando las garantías para el desarrollo propio y el buen vivir de las comunidades, fomentando proyectos integrales productivos los cuales apuesten a una sostenibilidad económica y una vida digna.

A la comunidad internacional y defensores de derechos humanos

- Les solicitamos respetuosamente apoyo, acompañamiento y presión institucional para que nuestras peticiones sean escuchadas, ejecutadas y monitoreadas.

- Agradecemos a la opinión pública y a la comunidad internacional su solidaridad con nuestra problemática.

 

 


[*] Consejo Comunitario del Pueblo Negro de Alto Mira y Frontera “C C A M I F” Oficina central Candelillas, Rio Mira Barrio Casas Verde – Casa Blanca Cel: 311-311-7410—310-540-0394

 

Agosto 2, 2017
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La interculturalidad retorna a su laberinto. Democracia y Política en un contexto de cambio social

Efraín Jaramillo Jaramillo

Colectivo de Trabajo Jenzera

 

El reino de la democracia,

al igual que…

“el reino de los cielos

no es para todos”

Jesús de Nazaret

(Mateo 13, 24…)

 

Es común equiparar democracia con igualdad. Por ello es usual también que muchos supongan que un país con desigualdades sociales no puede ser considerado un país democrático. ¿Puede entonces una democracia coexistir con la desigualdad? Y si es así, ¿qué significa entonces la democracia?

Es conocida la proposición de Winston Churchill de que “la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás”. Confieso que cuando escuche por primera vez esta frase no la entendí completamente, hasta que mi viejo maestro en estos temas la explicó de un modo sencillo: La democracia es una forma de gobierno y de organización política que es imperfecta, pues de por sí no garantiza que desaparezcan las desigualdades sociales y que sean reconocidos todos los derechos civiles y políticos. Pero lo que sí posibilita la democracia es que sea el pueblo el que escoja el camino para superar esas imperfecciones y conquistar los derechos civiles y políticos para toda la sociedad. La democracia es entonces una forma de gobierno donde el pueblo tiene la posibilidad de transformarse en sujeto político y decidir cómo gobernarse y constituir un modelo político que busque la igualdad y la libertad. Algo que ni la más ilustrada y altruista dictadura puede hacerlo, pues ¿cuándo se ha visto que un régimen dictatorial incite a los ciudadanos a involucrarse en política y ejercitar la vida democrática? Por eso y por más razones, es que la democracia es entre todos los sistemas políticos existentes la mejor forma de gobierno.

¿Representa entonces el ideal democrático un valor universal? O preguntado de otra manera, ¿Puede la democracia ser un modelo universal? La democracia tal como fue imaginada en la revolución francesa está unida al concepto de libertad. Sólo que, como lo dijo Rousseau “la libertad no es fruto que crece en todos los climas”; es decir, tanto la libertad como la democracia no estaría al alcance de todos los pueblos. En especial de aquellos pueblos donde una parte importante de su estructura político-ideológica se basa en legados culturales autoritarios trascendentes, que provienen de formas imperiosas de ejercer la autoridad, heredadas de sus ancestros, o impuestas por la dominación colonial, o por la iglesia que regentaba estos sistemas de autoridad. Es decir pueblos, para los cuales la lucha por las libertades les es ajena, o por lo menos, les resulta extravagante. Definitivamente, como reza el epígrafe que abre estas notas: El reino de la democracia, al igual que el reino de los cielos no es para todos.

Voy en seguida a entrar en materia, pues esta forma de presentar el problema, aunque es necesaria, se antoja abstracta y alejada de la problemática que viven hoy los indígenas del Cauca, que es el tema central de estas notas.

La opinión general que tengo sobre lo que acontece en el Cauca con la lucha indígena por la tierra, es que el planteamiento de la “Liberación de la Madre Tierra” como paradigma actualizado de la plataforma política del CRIC para garantizar la pervivencia del pueblo nasa, así como las ideas socialistas que se han aclimatado en la región, como resultado de múltiples presencias totalitarias guerrilleras y enormes ausencias de diálogos democráticos, han activado poderosos ‘dispositivos’ doctrinarios que blindan de cualquier duda sus creencias y principios. Esto merece una explicación: Al desdeñar cualquier cuestionamiento y sin exponerse a la opinión de los otros, estos principios y valores doctrinarios se vuelven inmunes a cualquier crítica y no sorprende que sean presentados como paradigmas revolucionarios innovadores, que son aclamados en orgías populistas, como hemos presenciado en manifestaciones públicas masivas en la plaza de Bolívar, en congresos y en otros escenarios menores.

Los que han acompañado procesos organizativos de los pueblos indígenas saben de que estoy hablando y saben también que estos planteamientos ideológicos, aunque nuevos, hacen parte en su concepción y desarrollo, de una vuelta al pasado, que bloquean el desarrollo político y comprometen el futuro de las nuevas generaciones.

Antes de continuar, debemos abordar otros puntos para terminar de contextualizar políticamente esta temática. Se preguntarán ustedes: ¿No es precisamente un sistema democrático el que debe respetar y observar las decisiones existenciales de los pueblos a seguir su propio camino sin coacciones ni restricciones y a mantener, si así lo desean esas costumbres del pasado? Dicho de otra manera y para llegar a la nuez del asunto que estamos tratando: ¿Es posible en un país multicultural la convivencia de diferentes derechos fundamentales, derivados de valores culturales que pueden estar en abierta contradicción? Un ejemplo puede ayudarnos a entender la razón de esta pregunta: Cuando se hizo pública la práctica de la ablación a niñas indígenas embera y muchas personas se pronunciaron en contra, varias organizaciones indígenas defendieron esta práctica, argumentando que se trataba de “una conducta correspondiente a una práctica ancestral de un pueblo indígena, dentro de una cosmovisión propia”. La Organización Nacional Indígena de Colombia entrevistada al respecto por Colprensa insistió en el derecho a la autonomía de los pueblos indígenas y reprochó “la doble moral de nuestros hermanos no indígenas, que da pie a que sectores oportunistas y retardatarios se prendan de este hecho para calificarnos de salvajes e incivilizados”. Después de muchos debates, las organizaciones aceptaron que esta práctica era violatoria de derechos individuales. Esta actitud crítica es la mejor manera de ingresar a la modernidad y consolidar la democracia. No obstante se sigue practicando. ¿Herencias culturales que se niegan a desaparecer? La pregunta es entonces si una sociedad puede convivir con una práctica que según UNICEF, se trata de “una violación absoluta a las niñas, que no puede ser tolerada por razones culturales… y es un atropello a la libertad y dignidad sexual de las mujeres…”

Otro aspecto más de la misma cuestión: los contradictores de la multiculturalidad afirman que la existencia de culturas diferentes en un mismo espacio nacional es fuente de conflictos. Por su parte los defensores de la multiculturalidad responden que los conflictos que tiene el país no han surgido por la existencia de culturas diferentes, sino que se han derivado de la implantación de un proyecto de Nación culturalmente homogénea que para fundarse necesita ‘disolver’ las diferencias a su interior. Aunque en la historia de la humanidad hay ejemplos de convivencia de culturas diferentes, son más los ejemplos en que se han presentado la fragmentación, la secesión y las luchas autonómicas, separatistas e independentistas en las sociedades. Esto se ha presentado en Estados, que en lugar de ‘acoger’ a culturas diferentes, han buscado destruirlas a fin de cumplir el ideal de un Estado total. Y decimos ‘total’, porque el totalitarismo no sólo se expresa en términos económicos, políticos o militares; puede ser también cultural. Algo que ya habíamos aprendido del antropólogo noruego Fredrik Barth, cuando afirma que “las fronteras no se trazan teniendo en cuenta las diferencias; (sino que) las diferencias se buscan, se encuentran o se inventan en función de unas fronteras que ya han sido trazadas…” ([1])

A estas alturas de la reflexión podemos volver entonces a preguntarnos si es posible la convivencia de diferentes derechos fundamentales inconciliables en un mismo espacio nacional.

Según Bassam Tibi –profesor de la universidad de Göttingen (Alemania)– para que pueda constituirse una Nación en un territorio multicultural, es necesario partir de la realidad,  de que han sido trazadas unas fronteras que comprenden en su interior varias culturas con derechos que se contraponen. En un ‘Estado de derecho’ liberal, estas culturas requieren de un reconocimiento constitucional. El problema surge, cuando los defensores del ‘multiculturalismo’ exigen que las diferencias culturales se eleven a la categoría de derechos fundamentales (o naturales). Este planteamiento según el profesor Tibi no es aceptable, ni tiene fundamento político, pues implica que en la misma Nación existan diferentes derechos fundamentales que están en abierta contradicción. Para encontrar una solución a los planteamientos multiculturalistas y evitar la desmembración del país en varias naciones, Tibi introduce el concepto de Pluriculturalidad. La diferencia entre multiculturalismo y pluriculturalidad reside en que la pluriculturalidad reconoce la diversidad cultural, pero establece una condición para garantizar la armonía y la convivencia entre las diferentes culturas al interior de una Nación: Debe aceptarse un consenso de valores que delimite los derechos que emanan de una diversidad cultural que en principio no debe ser limitada.

Para el caso de nuestra Nación multicultural, los valores que tienen un consenso general para construir la pluriculturalidad, tienen que ver con: a) El respeto a la democracia, b) La independencia de los asuntos públicos en relación con los religiosos –secularidad– y c), el acatamiento de los derechos humanos individuales. El planteamiento pluricultural amarraría así la diversidad cultural a un orden de valores, promoviendo la convivencia, en contraposición de la ideología multiculturalista, que pone barreras y obstruye cualquier acercamiento intercultural.

Sólo aceptando este consenso de valores, puede construirse una nueva institucionalidad que permita que fluyan libremente la diversidad de planteamientos políticos de los diferentes sujetos sociales. Una nueva institucionalidad que tenga como fundamento –y que comprenda– esa diversidad de rostros que hay en esta Nación.

La puesta en práctica de las premisas multiculturalistas, traen como resultado sociedades paralelas y pueden conducir a la creación de diferentes naciones, lo que obstaculiza la constitución de una Nación democrática y pluriétnica, pues lleva a que todos los esfuerzos que se hacen por construirla se vayan consumiendo desde adentro.

Y este es el punto, el Estado y la sociedad colombianas, al desestimar la importancia de la diversidad cultural, ha conducido a que surja en las culturas sometidas la resistencia y un discurso contestatario que exacerba las humillaciones que han sufrido a lo largo de los siglos. Pero este modelo conceptual para la organización de la resistencia no toma en cuenta la realidad social de la región, sino los anhelos de los dirigentes políticos que han perfeccionado sus capacidades para apelar a emociones profundas y convocar a comunidades, que de alguna manera han sido predispuestas a  la indignación.

Aunque los indígenas son gente bastante pragmática que presta poco interés a debates teóricos alrededor de los valores normativos de su historia y tradiciones, sí son diligentes para movilizarse por ideologías que exaltan aquellos rasgos de su identidad colectiva. Son ideologías que a pesar de su modesta calidad teórica, provocan impulsos incontenibles que llevan a cometer agravios a otros, considerados usurpadores de tierras que les pertenecen. Esto está sucediendo justamente con aquellos indígenas nasa que hoy arremeten contra propietarios ‘blancos’ de pequeñas parcelas del Cauca’ ([2]) que están expiando culpas por atropellos sufridos por los indígenas en el pasado. Sabemos lo difícil que es para muchos pueblos asimilar traumas del pasado. Pero el hecho es que estos traumas que se arrastran hasta el presente, están bloqueando diálogos políticos más acordes con la modernidad, sobre todo más a tono con el ambiente optimista que vive Colombia en estos momentos del posconflicto, que son  circunstancias históricas especiales que deberían ser aprovechadas para encontrar caminos de entendimiento que posibiliten consolidar una democracia, que por definición debe ser intercultural, o no será.

No se puede desconocer la fuerza social que acompaña estas impetuosas luchas por la tierra, pero ¿no sería sensato reflexionar si el camino de la confrontación para alcanzar derechos no debería repensarse, utilizando las vías del diálogo? No sabemos si a los orientadores del paradigma de “Liberación de la Madre Tierra” les ha pasado por la cabeza pensar que cuando un discurso –cultural, religioso, nacionalista, anticapitalista, antiimperialista, feminista, clasista, guerrerista, o aún pacifista– busca de manera parcial y con métodos coercitivos –materiales o espirituales– subordinar la totalidad de la realidad social a su punto de vista, corre el riesgo de producir mentes fundamentalistas en sus seguidores. Las respuestas que generan en sus antagonistas suelen ser del mismo tenor fundamentalista. En este contexto, un planteamiento político como el de la “Liberación de la Madre Tierra”, puede terminar convirtiéndose en un constructo de baja factura ideológica. Y su aplicación arbitraria, empleando métodos abusivos a una población que no tiene que ver históricamente con el despojo de tierras a sus ancestros, termina siendo desleal con la construcción de una Nación pluriétnica en la cual van a vivir sus descendientes. Pero el peligro más real es que despierte en los agraviados también un malestar que puede ser utilizado por sectores retrógrados para convocar cruzadas contra los indígenas. No sería la primera vez que esto sucediera en el país.

Como afirmamos en un texto anterior: “Alguien podría explicarnos por qué para “armonizar” –término utilizado por los nasa– la relación con la tierra y para reconstruir sus sociedades, los indígenas tengan que transgredir normas y razonamientos políticos y violar derechos de otros, que también provocan ‘desarmonía’ en la sociedad y le agregan nuevos agravios a esta lucha por la tierra… Aquí hay mucha tela por cortar y, también, mucha demagogia populista desplegada que está alterando relaciones sociales construidas durante varias décadas con otros sectores de la población, en un mundo donde los indígenas ya no están solos y no pueden decidir unilateral- y autónomamente sobre los destinos de regiones que comparten con otros pobladores, negros, mestizos y blancos, sin tener en cuenta los intereses, y sobre todo, los derechos de esos otros pobladores. ([3])

Acierta Hannah Arendt cuando afirma que lo ‘político’ no se encuentra en la naturaleza del ser humano. Su ‘politicidad’ se origina en su relación con los demás, una relación que no está ni en los unos ni en los otros, sino ‘entre’ los unos y los otros. Cuando no se atiende esta máxima de la razón política y se elige la vía de los hechos para violar derechos que tienen estos propietarios a su tierra, entonces lo que puede suceder es que sea la guerra la que continúe la política. ¿Será esta la ‘palabra que se quiere caminar’, cuando una destacada dirigente indígena afirmó que están “…dispuestos a poner los muertos que haya que poner y hacer las alianzas que sean necesarias para liberar la madre tierra”? Definitivamente “…la miseria en política familiariza, a veces, a un hombre, con extraños compañeros de cama. ([4])

Hay un sólo punto donde todos estamos de acuerdo: sin política hay guerra, o para decirlo en los términos en que Hannah Arendt formuló este enunciado y que la historia reciente le ha dado la razón: allí donde no impera la política asistimos al reinado del terror. Reivindicar la discusión política libre, la llevó a examinar de forma crítica la democracia representativa y abogar por un sistema de consejos o formas de democracia directa, entendiendo la política como participación y como virtud cívica y acción que busca el bien común; y a defender un concepto de ‘pluralismo’ en el ámbito político, pues según ella, era gracias al pluralismo, que se generaría el potencial de una libertad e igualdad políticas entre las personas, lo que contribuiría a  descolonizar la cultura y a reorganizar la sociedad y el Estado a partir del reconocimiento de la diversidad cultural de la Nación. Siendo comedidos con el pensamiento de Hannah Arendt es que vemos la urgencia de abordar la interculturalidad en la construcción de esa institucionalidad, incluyente en lo político, y democrática en lo económico, social y cultural.

En esta era de la ‘posverdad’ los políticos y los ideólogos dicen muchas cosas, prudentes y superficiales, ciertas y falsas, a saber: El discurso de los ideólogos de la “Liberación de la Madre Tierra” se presenta aleccionador por su valor crítico, pues enseña como la civilización occidental viene destruyendo la naturaleza de forma irracional e irreversible. Sin embargo llama también la atención la superficialidad de sus proposiciones para superar sistemas sociales tan complejos como el capitalista, actualmente responsables del cambio climático, del desaforado consumo de los bienes que producen los ecosistemas, de la contaminación de suelos y aguas y de la pérdida de biodiversidad, que vienen destruyendo el planeta y poniendo en riesgo la existencia de todas las formas de vida sobre la tierra.

No sabemos si se habrán dado cuenta estos ideólogos de la Liberación de la Madre Tierra, que impacienta la excentricidad de sus planteamientos, cuando asumen que las culturas indígenas son depositarias por naturaleza de un substrato inteligente y sagaz que perdura a través de los siglos. Lo que es un fundamento del Tul([5]) en la cultura nasa, es convertido en la crítica central al capitalismo y a la civilización occidental. Esto, junto a la jactancia en el manejo de sus verdades filosóficas, aleja a estos amigos de otros hermanos, también excluidos y por lo tanto también interesados en la construcción de procesos democráticos incluyentes. Al no tener en cuenta que el conocimiento humano nunca es absoluto, pues está sujeto a los permanentes cambios de la ciencia y la sociedad, se terminan desdibujando y simplificando los procesos históricos. La Universidad Indígena Intercultural del Cauca –UAIIN– debería entonces honrar su ‘apellido’ y defender la interculturalidad. Está por lo tanto, ante una tarea inmensa: la labor de difundir una actitud básicamente crítica, racional y moderna en la vida social y política, para no seguir ensalzando una visión especulativa que solo satisface necesidades emocionales de solidaridad que hemos tenido los colombianos con causas de justicia social e histórica. En este contexto me llega a la memoria aquella frase de Emil Cioran, de que “Uno debe ponerse del lado de los oprimidos en cualquier circunstancia, incluso cuando están equivocados, sin perder de vista, no obstante, que están hechos del mismo barro que sus opresores”.

En este momento del posconflicto, reiteramos, donde todos los colombianos nos aprestamos para ‘arreglar la casa’ después de medio siglo de guerra, sería un error e irresponsabilidad de las organizaciones indígenas dejar en manos de los ‘Libertadores de la Madre Tierra’ la dirección política y la forma de orientar en sus regiones la lucha por la defensa de sus territorios, dejando a un segundo plano la construcción de una audaz política ambiental, concertada con otros sectores campesinos y afrocolombianos para preservar el medio ambiente, el suelo y el subsuelo de la agresiva política minera del gobierno; igualmente la construcción social de la paz con justicia y democracia, que es actualmente uno de los grandes retos que tenemos, pues sigue pendiente en la agenda de las luchas populares, la urgente tarea de conformar un movimiento social pluriétnico para afrontar la grave situación que vive Colombia, en el terreno de las injusticias sociales crecientes, la reparación a las víctimas de la violencia, la necesaria reforma agraria y la devolución de las tierras a los desplazados,  pero también para contender la corrupción, sobre todo para frenar el extractivismo de recursos naturales bienes –de nuevo en alza–, promovido por el gobierno para favorecer unas pocas compañías mineras que vienen destruyendo selvas y ríos, en detrimento del patrimonio de todos los colombianos y de los derechos colectivos de negros e indígenas.

Este discurso libertador, más allá de esquemas floridos, no nos dice algo inteligente sobre el camino a emprender para construir con el resto de los colombianos, un modelo de desarrollo, donde la economía, el mercado y la ciencia, obedezcan a la visión, de que hacemos parte –e interactuamos– con el resto de seres vivos de la naturaleza, y que el empobrecimiento de la biodiversidad es el comienzo de nuestra propia destrucción.

Aunque no somos quienes para dar indicaciones, sí nos atrevemos, para concluir estas notas, hacer dos sugerencias dirigidas a las organizaciones indígenas y a sus líderes, a los partidos políticos cercanos a los pueblos indígenas y a los amigos y solidarios con sus luchas.

El primero, que es necesario retomar las mejores tradiciones que han tenido las luchas indígenas por la tierra en el Cauca con el surgimiento del Consejo Regional Indígena del Cauca –CRIC– que supieron apartarse oportunamente de otros experimentos políticos totalitarios, que intentaron cooptarlas. Por ello no dudo en enfatizar que se debe mantener ese valor de la crítica como actitud básica ante la vida política, reflexionando tanto como sea necesario, para no dejarse llevar por la fuerza de las convenciones, por más réditos materiales que puedan conseguirse plegándose al carro del vencedor momentáneo.

Una actitud crítica que había conducido a que se pensara en ‘juntar hombros’ –como se decía antes– con otros sectores oprimidos, recorriendo un buen trayecto en la construcción de la interculturalidad, que parece regresar de nuevo a su laberinto, después de muchos esfuerzos por levantarla y sin un rayo de luz en el horizonte que le ilumine el camino de regreso.

El segundo, es que se debe tener presente que la democracia en un Estado y una Nación unitaria, implica el respeto por los derechos de todos los que la integran y la aceptación de las diferencias culturales. Por supuesto siempre y cuando se acepten las reglas –el consenso de valores antes anotados– que delimitan esas diferencias. En Colombia no podemos seguir siendo “ciudadanos de baja intensidad” ([6]), con total indiferencia por la Nación. Si no entendemos esto, continuaremos viviendo bajo el dominio de la inconsciencia. Y ya se ha generado mucha locura, se ha producido mucho dolor, se han destruido muchas relaciones sociales, sobre todo han resultado muchos muertos, como para no intentar, alguna vez, un elemental entendimiento. Y esto no es una tarea fácil. Ya lo decía Mateo:

El reino de los cielos hay que conquistarlo con buenas obras, …”. “Con la democracia ocurre algo parecido. No es un club exclusivo, pero la entrada no es gratis. A la democracia hay que conquistarla y defenderla de sus enemigos. Esa es la razón por la cual la lucha por la democracia no conocerá nunca un final.” (Fernando Mires).

Bogotá, julio 26 de 2013


[1] Fredrik  Barth: “Los grupos étnicos y sus fronteras”. Fondo de Cultura Económica, 1969

[2] Para los que llegan un poco tarde al debate: se trata de pequeñas parcelas, algunas de ellas con menos de 1 hectárea, pertenecientes a 75 familias que han invertido allí sus ahorros y se dedican a actividades agroecológicas, recreativas o sencillamente porque son pensionados y buscan vivir en paz allí: http://viva.org.co/cajavirtual/svc0544/articulo10.html

[4] Shakespeare en ‘La Tempestad’. El destacado en negrilla es un agregado nuestro.

[5] Huerto nasa

[6] La expresión “Ciudadanía de baja intensidad” la acuñó Guillermo O’Donnel, para caracterizar el comportamiento social de aquellos ciudadanos que no creen en la ley ni en su obligación de cumplirla; recusan al gobierno pero lo esperan todo de él; no pagan impuestos pero exigen cuentas y bienes públicos; no estiman la tolerancia ni son respetuosos de la diferencia; no tienen el hábito de asociarse con los diferentes y juntarse para perseguir causas comunes; en síntesis no son ciudadanos activos, atentos a la cosa pública, ni son solidarios y participativos en la construcción de un Estado y sociedad democráticas.

 

Julio 4, 2017
by jenzera
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Socialismo y perfidia

Efraín Jaramillo Jaramillo
Colectivo de Trabajo Jenzera

 

“…quien sabe por donde andarás
quien sabe que aventura tendrás…”

Los Panchos

 

Un “fantasma recorre” a Colombia. Es un fantasma que llegó al país para quedarse y se niega a desaparecer. Nacido en Alemania recibió el bautismo en la revolución rusa de 1917 para lentamente transformarse en el primer totalitarismo del siglo XX. Resistió todas las embestidas del Nazismo, el segundo totalitarismo, y cobró vigor con la revolución china de 1949.

En Colombia, como en el resto de países de Latinoamérica, fue la revolución cubana de 1959 la que subió al pedestal del pensamiento político la ideología socialista. Muy pocos escaparon al hechizo de esta revolución alcanzada por las armas. A partir de entonces estuvo fuera de discusión el ‘mandato histórico’ de hacer la revolución socialista en toda América. Donde se dividían los espíritus era en el carácter de esa revolución y los métodos y estrategias para alcanzarla, lo que condujo a la multiplicidad de visiones sobre la ruta a seguir. No exageran los analistas que deducen que en el país se ensayaron todas las vías imaginables –políticas y armadas– para llegar al socialismo. Y no fueron pocos los que se extraviaron por esos ‘andurriales’…

Aunque estoy seguro que muchos disentirán de lo que voy a decir, no creo estar muy alejado de la realidad, si también deduzco que fueron las vías armadas las que más influenciaron política- e ideológicamente a los colombianos, porque interpelaron de forma directa a sectores populares, fundamentalmente del despreciado y ultrajado campo colombiano. En las armadas fueron las guerrillas liberales del Llano y del Tolima las que despertaron el ímpetu rebelde de los colombianos, pues se trató de verdaderas insurrecciones armadas de campesinos liberales para sacudirse la violencia organizada en su contra desde el Estado, durante el gobierno conservador de Laureano Gómez –Si, el admirador de Franco que llamaba “bárbaros contemporáneos” y “lastres del desarrollo” a indios y a negros. Pero fueron las guerrillas de genealogía socialista –FARC, ELN, EPL– las que ‘encendieron la pradera’, alineadas con los centros rectores del comunismo mundial –Moscú, Beijing o La Habana– o del parroquial Ayacucho, – ¿alguien se acuerda todavía de aquellos ‘guardias rojos’ de ‘Sendero Luminoso’, que sin haber hecho ningún tiro, si regaron de ideas y panfletos las universidades y en especial los departamentos de antropología del país?. Para completar esta breve y superficial presentación del árbol genealógico de la lucha armada en el país, habría que mencionar también las otras versiones y tendencias en que se dividió el maoísmo y las versiones guerrilleras de izquierda independiente, nacionalista o indigenista como el M-19 y el Quintín Lame, etc. Es decir, en la lucha armada Colombia ha sido muy generosa y hospitalaria. Ha recibido todas las tendencias socialistas del mundo, lo que es también una muestra del grado de atractivo y seducción que han ejercido las armas sobre los colombianos.

Pero más. Existían vasos comunicantes entre las organizaciones políticas y las armadas, una exégesis ideológica que condujo a la combinación de todas las formas de lucha, con consecuencias siniestras, cuando una derecha punitiva, también acostumbrada a ejercer todas las formas de lucha, entró en acción y formó sus propias huestes para defenderse, iniciándose así la etapa más sangrienta del país en las últimas décadas, que acabó con gran parte de la izquierda. En el campo socialista, un infortunio adicional se presenta cuando se lleva al campo militar las divergencias ideológicas internas. En varias regiones de Colombia muchos recuerdan lo que le sucedía a quién osara cuestionar o desviarse de “la línea correcta”: Lo de siempre, el fusil los enderezaba. Lo que podía llegar hasta la demencia (¿alguien ha oído hablar de la Masacre de Tacueyó?).

La principal guerrilla –las FARC– ya es historia. Y aunque quedan ‘vivos y coleando’ el ELN y el EPL, estas guerrillas, fueron descolocadas políticamente por las exitosas negociaciones de paz que hicieron las FARC. Sin una agenda política imaginativa, debilitados militarmente y desestimando las ofertas del gobierno, recurren a acciones rayanas al terrorismo, añadiéndole así nuevos agravios al pueblo colombiano. No representando las vías armadas una amenaza para el Estado, esas cruentas luchas por el socialismo son un asunto del pasado. Pero ¿Qué queda entonces? Quedan los que aspiran a acceder al poder por la vía democrática, para desde allí construir una sociedad comunista, que no pudieron conquistar con las armas. Una tarea que tienen difícil, ya que los faros de este modelo de sociedad sin clases, Rusia y China, se apagaron hace mucho rato. Queda también la Social Democracia –también de génesis marxista– que habiendo echado raíces en la clase obrera se encuentra hoy en pleno retroceso en Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, España –sus bastiones– con el descenso de la ‘clase obrera’ en el ocaso de la sociedad industrial.

En Colombia, con un incipiente desarrollo industrial y débil clase obrera, no ha sido tierra abonada para que un partido social demócrata eche raíces, una aspiración truncada que tuvieron los fundadores del pensamiento liberal, que como Rafael Uribe Uribe, exhortaron a su partido, sin éxito a “beber en las canteras del socialismo.”

Es en el campo colombiano, más exactamente en la lucha del campesinado por la tierra, donde los partidos de izquierda hicieron sus primeros pinitos escolares. No obstante no acababan de terminar la primaria cuando ya estaban experimentando los primeros cismas ideológicos, que los sacaron del juego político, arrastrando tras ellos al movimiento campesino más importante de la reciente historia de Colombia. Y es también en el campo colombiano donde echaron raíces, pero también donde fracasaron todos los grupos guerrilleros que han existido en Colombia. De estas luchas socialistas quedan solo imágenes de campesinos levantando puños, blandiendo machetes y canciones que incitan a la rebelión y a la toma de tierras, imágenes que poco o nada le dicen a los hijos de la postmodernidad. Sólo un par de nostálgicos y panzudos veteranos echándose unos tragos, pueden conmoverse con “La lora proletaria”, “El campesino embejucado” y “La mula revolucionaria”, o deleitarse con los vallenatos de Julián Conrado –el cantante de las FARC– y su postmoderna banda ‘Conrado & The Rebels All Stars’, cuyas actuaciones son coreadas con arengas anti-sistema. Muy pronto serán, ya se intuye que son, parodias de un pasado que no volverá, estatuas de sal de una izquierda inocua y festiva.

El punto es que se trata de un socialismo que a pesar de haber muerto sin haber alcanzado su mayoría de edad, viene renaciendo como ave fénix, evocado por mutantes postmodernos, que llenos hasta el hartazgo de ambición y frivolidad, nos quieren atosigar con sus diatribas contra la democracia liberal –la de la separación de poderes, la que fundó los derechos humanos universales– a la par de pretender con babosas baratijas ideológicas, que cuando engullamos su torta ‘progresista’ anti-establishment, no nos intoxiquemos.

Estos socialistas postmodernos están regados por todo el mundo; no pertenecen a ninguna clase social; sus enemigos tampoco. Son híbridos sociales ungidos por una superioridad moral cuyo interés es atraer la atención de sectores populares y canalizar su descontento hacia un enemigo común, tan impreciso como el ‘establishment’, que definen como lo que está por encima de todos nosotros y nos oprime, una cúpula política que sería la responsable de todos los males que sufrimos. Con histriónicas apariciones públicas y una retórica que camufla la ausencia de ideas, estos líderes, como el español Pablo Iglesias de ‘Podemos’, el francés Jean-Luc Mélenchon, de Izquierda Radical, el griego Alexis Tsipras de Syriza (coalición de izquierda radical) comparten con el populismo  –de izquierda y derecha– la desconfianza en el carácter racional de las democracias liberales y representativas. Son simpatizantes del socialismo del siglo XXI del bolivariano Hugo Chávez, al cual distinguen como uno de sus mentores ideológicos y del cual han aplaudido sus desaliñadas ocurrencias mediáticas, dirigidas a exacerbar los resentimientos de los más pobres, los ‘descamisados’ de Evita. Algunos de estos líderes han logrado dudosas hazañas en política, como la de debilitar y llevar al ocaso a los partidos socialistas europeos, mérito villano que comparten con los también postmodernos populistas de la derecha xenófoba europea como la francesa Marine Le Pen, la alemana Frauke Petry, el austriaco Norbert Hofer, el holandés Geert Wilders, el italiano Matteo Salviny, el griego Nikos Michaloliakos, el danés Kristian Thulesen Dahl y un detestable etcétera.

Definitivamente estos postmodernos socialistas representan un riesgo para cualquier democracia. Sobre todo un peligro para la construcción de esa democracia intercultural y moderna que buscamos construir en Colombia. Y es en ese sentido que no podemos  observarlos como extravagantes actores del espectáculo de la política à la Berlusconi y dejarlos pasar, en la creencia de que las urnas los purgarán.

En este sentido es meritoria la sobresaliente actuación del demócrata austriaco, Alexander Van der Bellen, que demostró con su triunfo sobre el ultraderechista y xenófobo Norbert Hofer del Partido Liberal de Austria, que era posible detener el avance de candidatos populistas. Para derrotar a Hofer, que hasta ese momento era el candidato más opcionado para ganar las elecciones presidenciales, el demócrata Van der Bellen decidió a sus 72 años, visitar pueblo por pueblo y aldea por aldea, pues entendió que la política no se hace en las redes, en facebook o en twitter. Pero sobre todo, a diferencia de lo que suelen hacer socialdemócratas y liberales, Van der Bellen abandonó los modales refinados de hacer política y contraviniendo a su propio temperamento amable, decidió enfrentar a Hofer como a un peligroso enemigo político, mostrando lo que en realidad era: un racista y un aventurero oportunista que no le importaba empujar a su país al abismo, alentando la xenofobia. Lo más llamativo es que fue la población más joven la que le dio el triunfo, rescatando con ello a la democracia.

Noam Chomsky analizando la campaña presidencial en su país es de la opinión que el Social demócrata Bernie Sanders, de 75 años, tenía las mismas credenciales democráticas de Van der Bellen para enfrentar al también racista y peligroso oportunista Donald Trump. No duda Chomsky en conceptuar que las posibilidades de Sanders de ganar las elecciones eran mayores que las de Hillary Clinton. Pues Sanders a semejanza de Van der Bellen, había logrado entusiasmar a un público apático, obteniendo, además, el favoritismo entre los electores jóvenes. Los dos entendían muy bien que la democracia para que exista debía ser defendida con pasión. Por eso Van der Bellen se fue a las barricadas. O lo que es igual: los dos entendieron que la democracia no solo es una forma de gobierno, sino que, cuando los tiempos así lo exigen, debe ser, además, una militancia.

Desafortunadamente las ambiciones de los Clinton, que han actuado siempre siguiendo a sus instintos de poder, y el apoyo (¿error?) que Obama le dio a Hillary Clinton en las primarias, dejó por fuera de la competencia a Bernie Sanders, empujando con ello a Estados Unidos (¿y al mundo?) al abismo del odio.

Para terminar, estas notas no serían comedidas con todo lo que antes se ha relacionado, si no reflexionáramos sobre lo que está sucediendo en Colombia en los últimos tiempos, con todos los movimientos que apelan al pueblo para captar niveles de apoyo de los ciudadanos. Preocupa que en estos movimientos que se reclaman socialistas –o de izquierda, que es el término genérico– crezcan las desavenencias con la democracia liberal y se vea en una ruptura con los principios liberales, una ruta para conseguir la paz. Y preocupa porque semejante a Putin y otros socialistas de antaño, la relación que tienen estos postmodernos socialistas del siglo XXI con la democracia liberal es meramente instrumental, pues no dudan en nombre del anti-imperialismo, condescender y hasta rendir pleitesía a regímenes autocráticos como Nicaragua o Venezuela, Siria o Turquía…

Preocupa sobre todo que desde esa perspectiva ideológica y práctica política vayan a intervenir en los asuntos de los colombianos, quitándole el rostro humano al sueño socialista que todos, aunque de diferente manera, llevamos en nuestras entrañas. Y preocupa porque ya algunos se encuentran haciendo fervorosamente la tarea.

 

Popayán, junio 29 de 2017

 

Junio 16, 2017
by jenzera
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LLAMADO INTERNACIONAL URGENTE A DETENER LA ESCALADA DE VIOLENCIA EN VENEZUELA

Martes, 30 de mayo de 2017

LLAMADO INTERNACIONAL URGENTE A DETENER
LA ESCALADA DE VIOLENCIA EN VENEZUELA

APPEL INTERNATIONAL URGENT POUR STOPPER
LA MONTÉE DE LA VIOLENCE AU VENEZUELA

Mirar a Venezuela, más allá de la polarización

Comité por la Paz de Venezuela
comiteporlapazenvenezuela@gmail.com

Por la presente, como académicos, intelectuales y activistas sociales queremos manifestar nuestra profunda preocupación frente a la incontrolada situación de violencia política y social que atraviesa Venezuela, la cual se ha traducido ya en más de cincuenta muertos, centenares de heridos y detenidos, puestos a disposición de tribunales militares.
No dudamos de que la situación de violencia en la que está sumida Venezuela tiene orígenes complejos y compartidos, en el marco de una polarización política cada vez más virulenta y de un escenario de desintegración del tejido social. Así, el conflicto venezolano tiene diferentes rostros.
Por un lado, existe un gobierno cada vez más deslegitimado, con marcados rasgos autoritarios. Esta dinámica arrancó con el desconocimiento por parte del ejecutivo de otras ramas del poder (la Asamblea Legislativa) donde la oposición hoy cuenta con la mayoría, luego del triunfo en las elecciones de diciembre de 2015. Esta se fue potenciando exponencialmente con el posterior bloqueo y postergación del referéndum revocatorio -una herramienta democratizadora introducida por la propia constitución chavista-, la postergación de las elecciones a gobernador el pasado año, hasta llegar el fallido autogolpe del ejecutivo. A esto se ha sumado la reciente convocatoria a una Asamblea Constituyente en forma claramente inconstitucional, que está lejos de resolver la crisis; antes bien la alimenta y recrudece, en la medida en que trasluce el intento de consolidar un régimen totalitario, en el marco de una enorme crisis social y económica (carencia de alimentos, medicamentos, entre otros).
Dicho esto, no creemos, como afirman ciertos sectores de la izquierda latinoamericana, que hoy se trate de salir a defender a “un gobierno popular anti-imperialista”. Este apoyo incondicional de ciertos activistas e intelectuales no sólo revela una ceguera ideológica sino que es perjudicial, pues contribuye lamentablemente a la consolidación de un régimen autoritario. La identificación del cambio, aún de la crítica al capitalismo, no puede provenir de la mano de proyectos antidemocráticos, los cuales pueden terminar por justificar una intervención externa, “en nombre de la democracia”. Desde nuestra óptica, la defensa en contra de toda injerencia extranjera debe basarse en más democracia, no en más autoritarismo.
Por otro lado, como intelectuales de izquierda, tampoco desconocemos la realidad geopolítica regional y global. Queda claro que existen sectores extremistas de la oposición (la cual es muy amplia y heterogénea), que también buscan una salida violenta. Para éstos se trata de exterminar, de una vez por todas, el imaginario popular asociado a ideas tan “peligrosas” como la organización popular, la democracia participativa, la transformación profunda de la sociedad en favor del mundo subalterno. Estos grupos más extremos de la derecha han contado, por lo menos desde el golpe de Estado del año 2002, con apoyo político y financiero del Departamento de Estado norteamericano.
Como ciudadanos de América Latina y de otras regiones del mundo, sostenemos un compromiso doble. Por un lado, un compromiso con la democracia, esto es, con una democracia participativa, lo cual implica elecciones periódicas, ciudadanos en las calles y ampliación de arenas públicas para la toma colectiva y comunitaria de las decisiones; así como con una democracia igualitaria, lo cual conlleva la ampliación de la frontera de derechos, en pos de una sociedad más justa. Por otro lado, tenemos un compromiso con los derechos humanos, el cual coloca la base mínima e innegociable del respeto mutuo, que impide la tortura, la muerte del oponente, la resolución de nuestros conflictos a través de la violencia.
En esa línea, creemos que el principal responsable de la situación en Venezuela –en tanto garante de los derechos fundamentales- es el Estado, en manos de las actuales autoridades gubernamentales. Pero, como ya hemos dicho, es fundamental colocarse por encima de esta polarización, y buscar las vías de otro diálogo político y social, que dé lugar a aquellos sectores que hoy quieren salir de dicho empate catastrófico y colocarse por encima de toda salida violenta.
En razón de ello, nos manifestamos solidarios con el reciente llamamiento a un dialogo democrático y plural, que incluya las diferentes voces, no exclusivamente aquellos sectores polarizados del campo del gobierno y la oposición, que ha sido realizado por sectores auto convocados de Venezuela, entre ellos, dirigentes políticos, académicos, activistas sociales y organizaciones sociales y políticas de alcance nacional, ex ministros de Chávez y ex dirigentes de sectores de la oposición, activistas de derechos humanos, comunitarios, sindicales y políticos. (ver: https://www.aporrea.org/actualidad/n308976.html.)
Convocamos a la urgente conformación de un Comité Internacional por la paz en Venezuela, a fin de detener esta escalada de violencia institucional y callejera. Apostamos, desde la izquierda, a que otro diálogo es posible en Venezuela, más allá de la polarización y de la violencia.
Las salidas a tales crisis siempre son largas y complejas, pero requieren más democracia, nunca menos. Y este proceso solo podrá concretarse por la vía del respecto de los derechos humanos, así como de la autodeterminación del pueblo venezolano.

Firmas

América Latina

Aníbal Quijano, Sociólogo y ensayista, Perú
Alberto Acosta, economista, ex presidente de la Asamblea Constituyente, Ecuador.
Maristella Svampa, socióloga y escritora, investigadora del Conicet, Argentina.
Roberto Gargarella, abogado Constitucionalista, Investigador del Conicet, Argentina.
Carlos Altamirano, historiador, ensayista, Profesor de la UNQUI, Argentina.
José Nun, abogado y politólogo, Presidente Fundación de Altos Estudios Sociales, Argentina
Chico Whitaker, co-fundador del Forum Social Mundial, Premio Nobel Alternativo de 2006, Brasil
Raúl Prada, Coordinador de Pluriversidad Oikologías) miembro de Comuna, Bolivia.
Daniel Chávez, antropólogo (Uruguay), Instituto Transnacional (Amsterdam)
Carmen Pimentel Sevilla, Perú
Raphael Hoetmer, Holanda/Peru
Enrique Viale, abogado ambientalista, Argentina.
Beatriz Sarlo, ensayista, escritora, Argentina
Carlos Walter Porto-Gonçalves, geógrafo, Brasil
Miguel Alonso Arconada García, Ingeniero Geólogo. Universidad de los Andes. Venezuela
Catherine Walsh, Universidad Andina, Ecuador.
Pablo Alabarces, sociólogo, Universidad de Buenos Aires, Argentina
Horacio Machado Aráoz, investigador del Conicet y docente de la Universidad Nacional de Catamarca, Argentina
Edgardo Lander, Universidad Central de Venezuela, Caracas, Venezuela
Massimo Modonesi, historiador, UNAM, México
Margarita López Maya, historiadora, Venezuela
Roberto Viciano, constitucionalista, Venezuela
Adrián Gorelik, arquitecto, Universidad Nacional de Quilmes, Argentina
Roland Denis, investigador-comunicador, Venezuela
Arturo Escobar, profesor de antropología, Universidad de carolina del norte, Chapel Hill, USA.
Gonzalo Gómez Freire, Equipo Operativo Nacional de Marea Socialista y cofundador del Sitio Web Alternativo Aporrea.org, Venezuela
Gustavo Márquez Marín, ministro y embajador en la gestión del Presidente Hugo Chávez, Venezuela
Efraín Jaramillo Jaramillo, antropólogo, Colectivo de Trabajo Jenzera, Colombia
Anais López, Plataforma contra el Arco Minero del Orinoco, Venezuela
Raúl Cubas, sobreviviente de la ESMA, activista de ddhh, co-fundador de PROVEA, Venezuela.
Luis Adrián Galindo Castro, antropólogo y doctor en ciencias sociales, Venezuela
Alex Ricardo Caldera Ortega, director de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Campus León de la Universidad de Guanajuato, México
Rafael Rojas, Centro de Investigación y Docencia Económicas, CIDE, México
María Eugenia Borsani, Universidad Nacional del Comahue, Directora del CEAPEDI, Argentina.
Elizabeth Peredo Beltrán, psicóloga social, investigadora y activista, Bolivia
Horacio Tarcus, historiador, CeDInCI / UNSAM / CONICET, Argentina.
Javier Antonio Vivas Santana, ontólogo, Profesor universitario. Analista Político, Venezuela
Patricia Zangaro, dramaturga, Argentina
Rubén Lo Vuolo, economista, CIEPP, Argentina
Zulma Palermo, docente universitaria, Argentina
Paulino Nunez, Brasil
Alejandro Bendaña, historiador y politólogo, Nicaragua
Armando Chaguaceda, profesor-investigador, universidad de Guanajuato, México
Marco Arana Zegarra, Defensor de derechos humanos y ambientales, actual congresista del Perú
Lea Guido L., socióloga, ex ministra de salud de Nicaragua,
José Miguel Onaindia, abogado, gestor cultural, Uruguay-Argentina
Julio Aguirre, politólogo, Universidad Nacional de Cuyo, Argentina
Patricia Pintos, geógrafa, Universidad Nacional de La Plata, Argentina
Osvaldo Acerbo, Argentina.
Marcelo Plana, ingeniero, Argentina
Carlos Penelas, escritor (Argentina)
Alexis Mercado Suárez, profesor Centro de Estudios del Desarrollo. Universidad Central de Venezuela
Pablo Ospina Peralta, sociólogo, Universidad Andina, Ecuador
Miriam Lang, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, Ecuador
Carlos Zorrilla, activista, Intag, Ecuador
Fernando Vega Cuesta, asambleísta constituyente en Montecristo, Ecuador
Juan Cuvi, ex dirigente de Alfaro Vive Carajo, Ecuador
Darío Lagos, psiquiatra, Eatip, Argentina
Ana Sarchioni, profesora de Letras, UBA, Argentina.
Jorge Jabkowsky, médico, Argentina
Vera Carnovale (CeDInCI/UNSAM-CONICET), Argentina
María Suárez Luque, Escuela de Educación, Universidad Central de Venezuela
Danilo Quijano, ensayista, Perú
Otávio Velho, antropólogo, Brasil
Beatriz García, docente, Venezuela
Erika Arteaga Cruz, salubrista, activista por el derecho a la salud, doctorando Universidad Andina Simón Bolívar- sede Ecuador.
Carolina Ortiz Fernández, UNMSM, Lima, Perú.
Jürgen Schuldt, profesor Emérito, Universidad del Pacífico, Lima, Perú
Hugo Noboa Cruz, médico y activista de DDHH, Ecuador
Virginia Vargas Valente, socióloga, feminista, Centro Flora Tristán, Programa Democracia y Transformación Global, Perú
Tatiana Roa Avendaño, Censat-Agua Viva, Colombia
Enrique Leff, Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México
Luis Tapia, filósofo, ensayista, CIDES, Bolivia,
Fernando Carrión, ex director de la FLACSO-Ecuador
Hugo Enrique Méndez Urdaneta, comunicador social, Venezuela
David Roca Basadre, periodista ambiental, Perú
Raquel Gutiérrez Aguilar, profesora-investigadora del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades Universidad Autónoma de Puebla, México
Johanna Cilano, Universidad Iberoamericana, México
Darío Manuel Gómez Suarez, profesor de historia, docente de la uptaeb, Venezuela.
Aldo Valarezo Sánchez, abogado, comunicador social y escritor ecuatoriano.
Emilio Ochoa Moreno, profesor universitario, Guayaquil, Ecuador.
Rogério Haesbaert, geógrafo, Universidade Federal Fluminense, Brasil
Diego Saavedra Celestino, Lima, Perú
Alberto Chirif, antropólogo, Iquitos-Perú
María Pilar García-Guadilla, feminista, pacifista y activista ambiental, Venezuela
Pablo Quintero, profesor e investigador venezolano, Universidade Federal da Integração Latinoamericana, Brasil
Roberto Espinoza Llanos, sociólogo, Red Descolonialidad del Poder y Saber, Perú
Mirta Alejandra Antonelli, docente Investigadora, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina
Luis Daniel Vázquez Valencia, Flacso, México
Pablo Paño Yáñez, antropólogo, PhD. Docente e investigador de la Universidad de Cuenca. Ecuador.
Jean Meyer, División de Historia Centro de Investigación y Docencia Económica (México)
Marcelo Colussi, psicólogo, Guatemala
Juan Luis Sosa, abogado UCV, Doctorado en curso, activista social y político, Venezuela
Alejandro Almaraz, abogado, docente de la Universidad Mayor de San Simón, Bolivia.
Fernando García, antropólogo, profesor investigador flacso Ecuador
Francisco Muñoz Jaramillo, Universidad Andina, Quito, Ecuador,
Boris Marañón, Universidad Nacional Autónoma de México
Diana Dowek, artista, Argentina
Catalina Toro Pérez, Dpto. de Ciencias Políticas, Universidad Nacional de Colombia, Colombia
Hernando Sáenz Acosta, docente Facultad de Sociología Universidad Santo Tomás Bogotá, Colombia
Vladimir Aguilar Castro, profesor Universidad de Los Andes, Venezuela
Mónica López Baltodano, abogada DDHH, Nicaragua
Helton Adverse, UFMG – Brasil.
Roberto Ochandio, geógrafo, Argentina
Vladimir Aguilar Castro, profesor Universidad de Los Andes, Venezuela
Oscar Campanini Gonzales, sociólogo, Bolivia
Beatriz Urías Horcasitas, Instituto de Investigaciones Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México
Benjamín Gajardo, Universidad Andrés Bello, profesor de derecho (Chile).
Mario Alejandro Pérez Rincón, profesor Universidad del Valle, Instituto CINARA, Colombia
Javier Gómez, economista, CEDLA, Bolivia
Alfredo Gaviria Guedes, ingeniero Forestal, Lima, Perú.
Sebastián Pereyra, sociólogo, investigador Conicet, Argentina.
José Ribas Vieira, professor Titular ufrj direito e Professor Associado Pos Graduação Puc-rio, Brasil
Lena Lavinas, economista, Universidade Federal do Rio de Janeiro
Leopoldo Múnera Ruiz, politólogo. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia
José Maurício Domingues, IESP-UERJ, Brasil
Pilar Lizarraga A., Inv JAINA, TARIJA- BOLIVIA.
Billy Navarrete, documentalista y defensor de Derechos Humanos, Guayaquil, Ecuador
Fundación Diverso Ecuador, Organización para la promoción y defensa de los Derechos Humanos del Colectivo LGBTI del Ecuador
Carlos Suarez, periodista, Argentina
Peter Koelle Dahle, Guayaquil, Ecuador
Antonio Elizalde Hevia, sociólogo, director fundador de Polis, Revista Latinoamericana, Chile
Ana Patricia Noguera, PhD. Profesora Titular y Emérita. Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales. Directora Grupo de Pensamiento Ambiental, Colombia
Mario Mazzitelli, (SG PSA-Argentina)
Mario Pecheny, profesor titular UBA, investigador CONICET, Argentina.
Alejandro Pisanty, Facultad de Química, UNAM, México.
Yasser Farrés Delgado, arquitecto y Profesor Universitario, Corporación Universitaria del Meta, Colombia.
William Sacher, académico franco-ecuatoriano.
Alicia Lissidini, socióloga, Argentina
Diego Saavedra Celestino, Lima, Perú
Cécile Mouly, FLACSO Ecuador
Claudia Hilb, politóloga – investigadora Conicet/ Profesora Universidad de Buenos Aires.
Ramón Rosales, ingeniero industrial jubilado, Venezuela
Luis Miguel Corrales, ingeniero en Informática, Caracas – Venezuela
Enrique Peruzzotti, Investigador Independiente, CONICET, Argentina
José w. Legaspi, escritor, Uruguay
Margarita I. Bernal-Uruchurtu, profesora e Investigadora en Química, México
Fernando Gutiérrez Delgado, periodista y activista ecolibertario del Perú
Freddy Quezada, escritor y catedrático nicaragüense.
Elena Belingueres, arte-terapeuta, Psicóloga Social, Cta Genero Regional Zona Norte en Vicente López, Buenos Aires, Argentina
Susana Wappenstein, socióloga, Departamento de Sociología y Estudios de Género, FLACSO-Ecuador
Cristina Cielo, FLACSO sede Ecuador
Facundo Rojas, geógrafo, UNCU, Argentina
Julia Barnetche, docente, traductora pública nacional de inglés, Argentina
Arturo D. Villanueva Imaña, sociólogo, BOLIVIa
Carlos Antonio Martín Soria Dall’Orso, Ph.D. Colegio de Abogados de Lima 28140
Georgina Jiménez Pimentel, Centro Documentación e Información, CEDIB, Bolivia,
Fernando López D’Alesandro, Profesor, Uruguay
Alejandra González, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires y Avellaneda, Argentina.
Rubén Kotler, historiador, Universidad Nacional de Tucumán, Argentina.
Julio Flores, Universidad Nacional de las Artes, Argentina
Martín Becerra, profesor e investigador, Argentina
Víctor Miguel, comunicador, Bloque Migrante en Argentina
Elba Martínez Vargas, Madrid, España, activista de derechos humanos, profesora de Maestría en Universidad Rey Juan Carlos, Venezuela
Nerina Dip, Universidad Nacional de Tucumán, Argentina.
Sergio Serrón, profesor jubilado de la UPEL (Caracas), residente en Guatemala
Fabián Kovacic, periodista y docente de la Universidad de Buenos Aires
Guillermo Rovayo Cueva, abogado, Misión Scalabriana, Ecuador
Rocío Silva Santisteban Manrique, profesora Universitaria y activista en ddhh – Perú
Ricardo Torres Gavela, presidente de la Unión Ecuatoriana de Escritores Médicos
Keymer Ávila, abogado, investigador de Sistemas Penales y DDHH, profesor de criminología en pre y postgrado.
Luis Pereira Severo, poeta, editor, Maldonado, Uruguay
Josimar Ángel Ahmed Guevara Gómez Bach, Ciencias de la Comunicación, activista LGTB Pro Derechos Humanos, militante del Movimiento Nuevo Perú.
Rubén Humberto Famá, abogado, Director Revista “El Descamisado”, miembro del Movimiento Peronista Auténtico; Argentina
Moisés A. Durán, sociólogo. Venezuela
Cristina Vega, profesora investigadora, Departamento de Sociología y Estudios de Género, FLACSO-Ecuador
Carlos Castro Riera, presidente del Colegio de Abogados del Azuay, ecuador
Gabriela Massuh, escritora, Argentina
Américo Schwartzman, periodista, docente en nivel superior, licenciado en filosofía), Argentina
Ricardo Ríos, UCV, miembro del CU, Venezuela
Karina Jannello, (CeDInCI-UNSAM / UNLP), Argentina
Esperanza Hermida, ex directiva sindical tribunalicia, defensora de derechos humanos, docente universitaria,
Lucrecia Wagner, investigadora del CONICET, Argentina.
Nilo Cayuqueo, escritor y activista del pueblo Mapuche, Argentina
Nancy López, licenciada en Trabajo Social, jubilada, Caracas, Venezuela
Marco Estrada Saavedra, Colegio de México, México
Martin Bergel, historiador, UBA, Argentina
Gabriel Conte, periodista y escritor, director del grupo de medios MDZ de Mendoza, Argentina
Bernardo Belén García Cueva, contador Público Independiente, El Guabo, Prov. de El Oro Ecuador
María Esperanza Hermida Moreno, trabajadora social y docente / Manejo de conflictos y riesgos, Venezuela
Dominique Sarr, écrivain, Cartagena de Indias
Natalia Roca, Árboles Sin Fronteras. Ecuador
Pablo Aiquel Garbarini, periodista y delegado sindical, venezolano y francés
Carlos Andrés Duque Acosta, profesor universitario colombiano. Doctorando en Filosofía Política en Unicamp, Brasil.
Gabriel Kessler, sociólogo, Conicet-Universidad Nacional de La Plata, Argentina
Colectivo Yasunidos Guapondelig, Cuenca, Ecuador
Emilio de Ípola, sociólogo, Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires, Investigador Superior del CONICET (jubilado), Argentina
Masaya Llavaneras Blanco, MSc Universidad Central de Venezuela, Candidata Doctoral por la Universidad Wilfrid Laurier, Canadá.
Carlos Andrés Duque Acosta, profesor universitario colombiano. Doctorando en Filosofía Política en Unicamp, Brasil.
Mariana Heredia, investigadora-Profesora Universitaria, Argentina
J. Javier García Pena, librepensador, Uruguay
Miguel Ángel Forte, sociólogo. Profesor Titular Regular. Sociología. FSOC. UBA. IIGG. FLACSO. UNL. UNS, Argentina
Brisa Varela, docente investigadora en Geografía, de la Universidad Nacional de Luján
José Ángel Quintero Weir, Organización Indígena Wainjirawa, Venezuela.
Álvaro Márquez. Universidad del Zulia, Venezuela
Fabricio Pereira da Silva, Professor do Departamento de Estudos Políticos e do Programa de Pós-Graduação em Ciência Política (UNIRIO), Río de Janeiro, Brasil
Alfredo Remo Lazzeretti, contador. Especialista en Administración Pública, Argentina.
Miguel Ángel Miranda Hernández, Centro de Documentación e Información Bolivia – CEDIB, Cochabamba. Bolivia.
Chiesie Camila Salinas, ecóloga, Colectivo de Trabajo Jenzera, Colombia
Raquel Neyra, economista, activista ambiental Perú
James Rodríguez Calle, profesor e investigador. Depto. de Lenguajes y Comunicación, Universidad Icesi, Cali, Colombia
Santiago Arcos, activista UniNomade-LA, investigador y traductor Chile
Alejandra Segovia, poeta venezolana
Diego Griffon, ecólogo, Universidad Central de Venezuela.
Rita Milagros Jáimez Esteves, profesora del Pedagógica de Caracas y miembro investigador del IVILLAB, Venezuela
Víctor Rago A., antropólogo, Universidad Central de Venezuela
Froilan Barrios Nieves, UCAB, Escuela de Relaciones Industriales, Caracas, Venezuela
Perla Amalfi Martínez Mekler, socióloga, México
Ramiro Gálvez Aldana, docente Universidad del Tolima, Colombia.
Claude Willemin, Pilchibuela Cotacachi Imbabura Ecuador
Bruno Bimbi, periodista, doctor en Letras (PUC-Rio), activista LGBT y tesorero de la mesa ejecutiva del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) del estado de Río de Janeiro, Brasil.
Cristián Mallol, matemático, Chile
Maria olga ruiz, doctora en estudios latinoamericanos. Universidad de la Frontera. Chile.
Miguel sebastián Cardenas Puchi, Universidad de la Frontera, Chile

Estados Unidos, Europa, África y Asia

Boaventura de Sousa Santos, Centro de Estudios Sociales, Coimbra, Portugal
Pierre Salama, professeur émérite université de Paris, latinoamericanista, Francia.
Gilles Bataillon, Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, Francia
Clifton Ross, poeta, Estados Unidos
François Dubet, sociólogo, Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, Francia.
Olivier Compagnon, historiador, director del Instituto de Altos Estudios de América Latina (Universidad Sorbona Nueva – Paris 3). Francia
Bernard Duterme, director del CETRI – Centro tricontinental, Bélgica
Rainer Löwy, Anthropologe, Österreich
Maxime Combes, economista y miembro de Attac Francia
Geneviève Azam, économiste, conseil scientifique d’Attac-Francia
Walter Mignolo, Duke University, EUA
Ulrich Brand, profesor de Política Internacional, Universidad de Vienna, Austria
Julie Skurski, profesora de antropología, CUNY Centro Graduado, New York, EUA
Jörg Flecker, University of Vienna, Austria
Rainer Bartel, Associate Professor, Department of Economics, Johannes Kepler, Universität Linz, Austria
Samuel Farber, profesor emérito de Ciencias Políticas, Brooklyn College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY), Estados Unidos
Aram Ziai, Heisenberg-Professorship Development and Postcolonial Studies, Faculty of Social Sciences, University of Kassel, Alemania
Sergio Coronado, diputado francés. Distrito: franceses del exterior (América latina y Caribe)
José Arconada Rodríguez, intérprete, Bruselas, Bélgica
Peter Fleissner, Univ.Prof.i.R.Dr.techn.Dipl.Ing, Vienna University of Technology, Austria
Isidor Wallimann, Ph.D, Visiting Research Professor, Maxwell School, Syracuse University, Syracuse, Estados Unidos
Alban Knecht, Universität Linz, Austria
Christian Haddad, Austrian Institute for International Affairs, Vienna, Austria
Paula Vasquez Lezama, CNRS, Francia
Christoph Scherrer, Department of Social Sciences, Universität Kassel, Alemania
Pepe Mejía, periodista y activista social. Madrid-Spain
Isabella Radhuber, politóloga, Universidad Autónoma de Barcelona
Anxo Barreiro, ingeniero civil, Galicia. España
Hans Ulrich Bünger, científico social, Alemania
Thomas Sauer, professor für Volkswirtschaftslehre, Ernst-Abbe-Hochschule Jena University of Applied Sciences/ Jena, Alemania
H.Peter Degischer, em.Univ.Prof.Transformat, Vienna, Austria
Joachim Hirsch, University of Frankfurt, Germany
Nick Hildyard, The Corner House, Reino Unido
Larry Lohmann, The Corner House, Reino Unido
Sarah Sexton, The Corner House, Reino Unido
Yanina Welp, Center for Democracy Studies, Universidad de Zurich
David Schieferdecker, Research Fellow at the University of Mannheim in Germany.
Adi Golbach, Berlin, Alemania
Trevor Evans, Emeritus Professor of Economics, Berlin School of Economics and Law, Berlin, Alemania.
Manuel Rodríguez, Universidad de Frankfurt, Alemania
Gerd Steffens, University of Kassel/Germany
Hermann Klosius, Grupo de Información sobre América Latina (IGLA), Vienna, Austria
Marianne Scheinost-Reimann, Vienna, Austria
Gilles Rivière, antropólogo, Francia
Alicia Fernández Gómez, enseñante, España
Joachim Elz-Fianda, Alemania
Klaus Meschkat, sociólogo, Leibniz Universität Hannover, Alemania
Benedicte Bull, catedrática en Sciencias Políticas en el Centro para el Desarrollo y el Medio Ambiente (SUM), Universidad de Oslo, Noruega
Gerardo Muñoz, Princeton University, USA
Herbert Berger, Österreich
Martina Blank, Institut für Humangeographie, Johann Wolfgang von Goethe Universität, Frankfurt am Main, Deutschland
Jose Maria Tortosa, Instituto Interuniversitario de Desarrollo Social y Paz, Universidad de Alicante, España
Nnimmo Bassey, Environmental justice advócate, Nigeria, África
José Luis Villa Cañas, filósofo, Escritor, Universidad Complutense, España
Andrea Reisinger, FIFTITU- association for women in arts and culture, Linz, Austria
Martha Fuentes-Bautista, Ph.D., director of Engaged Research + Learning, Department of Communication & School of Public Policy, University of Massachusetts Amherst, USA
Mabrouka M’Barek, miembro de la Asamblea Constituyente de Túnez.
Nina Treu, Konzeptwerk Neue Ökonomie, Leipzig (Alemania)
Christoph Görg, Institute of Social Ecology Vienna, Austria
Sebastian Garbe, International Graduate Centre for the Study of Culture (GCSC), Institute of Sociology / Justus-Liebig University Giessen / Alemania
Liisa L. North, York University, Toronto, Canadá
Hector Geffner, profesor de la Universitat Pompeu Fabra, Barcelona, España
Francine Mestrum, Global Social Justice, Bruselas, Bélgica
Wolfram Schaffar, professor for Development Studies and Political Science, University of Vienna, Austria
Alfons Bech Peiró, sindicalista, miembro de la Fundación Pau i Solidaritat de Comisiones Obreras de Catalunya, España.
Jai Sen, independent researcher and writer, associated with CACIM, India
Isaac Asume Osuoka, PhD, director Social Development Integrated Centre (Social Action), Nigeria
Alex Latta, Associate Professor, Global Studies, Geography & Environmental Studies, Canada
Serge Ollivier, historiador, Universidad Paris 1 Panthéon-Sorbonne, Paris.
Ashley Mayer-Thibault, Universidad de Montréal, canada
François Boisivon, traducteur, Bordeaux, France
Jesus Uzkudum Illarramendi, sindicalista de CCOO Euskadi y portavoz de las Victimas del Amianto en Euskal Herria
Gustave Massiah, économiste, ATTAC France
Eva Björklund, Consejo Sueco por La Paz, Suecia
François Gèze, editor, Francia,
Michel Dulcire, Sociología y Desarrollo Rural, Francia
Eduardo Rueda, ingeniero de Sistemas . Universidad de Linkoping , Suecia
Lionel Mesnard, periodista, Francia
Barbara Hogenboom, Associate Professor of Political Science /Managing Editor of European Review of Latin American and Caribbean Studies – ERLACS –Amsterdam Holanda
Aníbal Pérez-Liñán, profesor de ciencia política, University of Pittsburgh, USA
Tulia Falleti, Associate Professor of Political Science, University of Pennsylvania.
Patricia Geller, psychoanalyste, Bruselas, Bélgica
Javier Auyero, profesor de Sociologia, Universidad de Texas-Austin, USA,
Petter Slaatrem Titland, chairperson Attac Norway, Noruega
Victoria Murillo, Cs Politicas, Universidad de Columbia, USA
Yves Sintomer, Senior Visiting Democracy Fellow, Ash Center for Democratic Governance and Innovation, Harvard Kennedy School, Senior Fellow, French University Institute (IUF)
Alejandro Velasco, PhD, Associate Professor of History, New York University
John Low-Beer, Attorney, Brooklyn, New York, USA
Christophe Premat, Enseignant-chercheur à l´Université de Stockholm, ancien député des Français de l´étranger (Europe du Nord)
Roland Pfefferkorn, Professeur de sociologie, Strasburgo, Francia
Juliette Renaud, miembro de Amigos de la Tierra Francia.
Claude Bernhardt, artiste dramatique, co-président de Crear escuela / Faire école, association de solidarité internationale France / Guajira, Colombie
Silke Helfrich, Commons Strategies Group, Autora
Fabrice Andréani, Doctorando, Ciencia Política, Universidad Lyon 2 (Triangle), Francia
Antulio Rosales, PhD en Global Governance, University of Waterlo
David Smilde, sociólogo, Tulane University
Denis Merklen, sociólogo, IHEAL, Paris, Francia
Jose Maria Izquierdo, Bibliotek for humaniora og samfunnsvitenskap Universitetet i Oslo
Jessica Brandler-Weinreb, socióloga, investigadora asociada al Centro Emile Durkheim y al Instituto de Altos Estudios de América Latina, Francia.

Mayo 25, 2017
by jenzera
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EL PACÍFICO EN LLAMAS

 

 

ESCUELA INTERÉTNICA

Pacífico mío te están vendiendo,

te están destruyendo que es peor.

¡Malhaya sea quien te lastime!

Contigo se rompe mi corazón!

Silvano Caicedo

Acorralado por el centralismo, los incumplimientos y el abandono del Estado; ahogado por el clientelismo, la corrupción y la inclemencia de grupos armados; agotado por la devastación de sus territorios y el saqueo de sus riquezas; ese territorio-región del Pacífico, donde el 4% de la población del país puso el 17% de los muertos y la peor masacre de la historia reciente de Colombia; ese Pacífico es el que hoy se sacude tras décadas de exclusión y olvido.

En el puerto de Buenaventura y en Quibdó, coincidiendo con la conmemoración del día de la afrocolombianidad, estalló un movimiento de protesta que ha durado varios días y advierte con expandirse a todo el litoral. Es una protesta del orden regional con implicaciones en lo nacional que ha adquirido trazos de insubordinación por estar dirigida a sacudirse el régimen de exclusión impuesto por una indolente clase gobernante de la región que tiene evidentes nexos con la clase política nacional. En horabuena se han elevado las voces indignadas de miles de pobladores de las dos principales ciudades de la región, que reclaman una atención seria y considerada a una problemática desatendida durante muchos años, una situación que se había vuelto inaguantable.

La fuerte agitación que por estos días experimenta el Pacífico, seguramente amainará, y al igual que los ríos desbordados, las aguas regresarán a su cauce y todo retornará a la normalidad.

¿Retornará la normalidad? Tal vez, pero ya no va a ser lo mismo, pues la esperanza que generó el nuevo escenario de paz derrotó al conformismo, al cual habían sido habituadas las comunidades del Pacífico por un grupo reducido de familias que tradicionalmente han usufructuado el poder económico y político en la región, y condenado al fracaso el futuro de sus paisanos. El Pacífico, territorio tradicional y patria del pueblo afrocolombiano ya no será el mismo, porque no se trata esta vez de un habitual ‘paro cívico’, de esos que se convocan para presionar recursos del orden nacional  para alimentar la voracidad de las élites trapaceras que viven de sus engaños y saqueo de lo público. Ya el Pacífico está buscando una salida para superar el grotesco escenario político corrompido que ha afectado seriamente la institucionalidad fundamental para la vida y bienestar de las comunidades y para garantizar la tranquilidad, la integridad social, la soberanía alimentaria, el acceso al agua o el derecho a un ambiente sano.

El levantamiento de Buenaventura ilustra una triste y cruda realidad: Es observado, analizado y calificado por los medios, no tanto como producto de la creciente miseria en la que han caido los habitantes del principal puerto de Colombia, sino por las pérdidas que sufren las empresas beneficiarias de las actividades portuarias de importación y exportación de mercancias que son afectadas por los bloqueos. El Estado por su parte, fastidiado porque este tipo de acciones supuestamente no contribuyen a la Paz, reprime con fuerzas antimotines los bloqueos, contribuyendo así a generar una situación de violencia generalizada con saqueos y destrucción de establecimientos comerciales. Este es el panorama que ha sido confeccionado por los medios. Tal vez el próximo paso será hacer una campaña para recolectar alimentos tipo Mocoa o Venezuela para rápidamente superar la situación. Se olvidan estos medios de que el Pacífico, fue alguna vez un ‘remanso de paz’ que brindó refugio y protección a comunidades cimarronas que huían de la esclavitud. Un Pacífico que en el lapso de una década se tornó en una de las regiones más violentas del país, debido a la pugna por el control de rentas asociadas a la mineria (la legal y la ilegal), a los cultivos de uso ilícito, a la explotación de sus bienes naturales, por la posesión de tierras o el dominio de territorios geopolíticamente estratégicos para exportaciones ilícitas y contrabando de armas. Callan los medios que esta pugna ha costado la vida a cientos de jóvenes afrocolombianos, en calidad de “raspachines”, aserradores, mineros o milicianos que han sido reclutados forzosamente o ‘enganchados’ por uno u otro grupo.

A pesar del silencio, este remezón social ha abierto una rendija para que el país vea y escuche al Pacífico, y tenga más elementos de juicio para entender el clamor de los hombres y mujeres de los barrios marginales, de Bajamar, de río, de playa y de selva, de los territorios colectivos de las comunidades negras, de los resguardos indígenas, que viven en uno de los espacios más estratégicos del planeta, pero paradójicamente más lastimados por el egoísmo y la indolencia.

Un ejemplo muestra la terrible paradójica de la región. El Pacífico siendo la región más lluviosa del planeta y donde se concentran los caudales de agua más grandes del país, sus pobladores no conocen que es tener agua potable permanente; y si alguna vez tendrán ese servicio, el agua estará contaminada con mercurio, cianuro y otros precursores químicos utilizados para la elaboración de la pasta de coca y para la explotación aurífera.

Siendo esta región el principal soporte para la conquista del Perú, sigue estando siglos atrasada en salud y educación. Los indicadores de calidad de vida la colocan en los últimos lugares. No hay empleos dignos y sigue expulsando miles de personas hacia Cali, Medellín, Pereira, Bogotá, España, Chile, Estados Unidos y recibiendo a aquellos que abandonan sus ríos porque sus territorios depredados por la minería ya no tienen capacidad para albergar vida.

Es uno de los mayores espacios de evolución de la vida, pero se tienen las tasas más altas de violencia contra sus pobladores, las más extensas deforestaciones por la tala ilegal y por la expansión de monocultivos de palma aceitera y de coca que le han arrebatado a las comunidades sus mejores tierras, actividades depreadadoras de hombres y territorios, toleradas generalmente por autoridades civiles y ambientales de la zona. Es el lugar de Colombia y uno de los del mundo con mayor biodiversidad, pero es también el lugar donde las semillas propias y adaptadas a tan singular clima, desaparecen sin pena ni gloria y sin que nadie se compadezca.

Sus enormes y majestuosos ríos se han enturbiado y podrido al igual que las castas políticas que la gobiernan. La peor minería, los peores efectos devastadores de la coca, la más infame tala de finas maderas se han centrado allí, gracias a que también los gobiernos de la zona se han involucrado activamente en esta economía parasitaria que les genera rentas. Este es el modelo de gobierno y de desarrollo que ofrece el Estado, un modelo pensado, decidido y planificado desde el centro del país, un modelo que ha convertido a los pobladores del Pacífico en marginados estructurales. Un resultado siniestro de estos megaproyectos es que ordenan el territorio y los recursos de acuerdo a los intereses del mercado, expulsando a sus pobladores de la región, o quedándose en ella como “desplazados en su propio territorio”, lo que llama Gustavo Wilches, “desplazados in situ”: “El GPS indica que no han cambiado sus coordenadas geográficas, pero su relación con el territorio, el sentido del mismo y hasta los hitos del paisaje, han sido transformados en virtud de decisiones ajenas.”

Mientras que otras regiones de Colombia comenzaron a experimentar un alivio con el acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC, en el Pacífico se intensificó el conflicto y comenzaron de nuevo los desplazamientos masivos, las amenazas, los asesinatos. El ELN y paramilitares se han enseñoreado otra vez en gran parte de sus territorios, impidiendo que los procesos organizativos comunitarios aprovechen este respiro de paz para recomponer sus lazos comunitarios, restablecer alianzas, estrategias y armar sus planes de vida. El Estado no ha reaccionado a favor de los pobladores étnicos, por el contrario, como si no hubiera aprendido la lección, sigue utilizando medidas de fuerza y presionando a la población civil.

El gobierno firmó la Alianza del Pacífico con México, Perú y Chile, ofreciendo la región como plataforma atractiva para el desarrollo de inversiones del orden internacional en la creciente economía de la cuenca del Pacífico. Por encima de las poblaciones pasarán puentes, oleoductos, carreteras, puertos, cables y muchas líneas y flujos del desarrollo moderno; pero como dice el Obispo de Buenaventura, la mesa está servida, pero los pobladores ancestrales no están invitados.

El Pacífico no aguanta más el impacto de megaproyectos agroindustriales y de infraestructura que en su concepción y en su desarrollo constituyen la encarnaciones de esa arrogancia devastadora que ha caracterizado al capitalismo frente a los grupos y comunidades humanas que, como resultado de su centenaria interacción con el entorno, han desarrollado otras lógicas y otras racionalidades, no regidas necesariamente por la rentabilidad económica.

Estos pobladores afrocolombianos se resistieron muchos años a ser incluidos en un conflicto armado que no era el suyo y que se evidenció macabro y vacío, del cual fueron junto con la población indígena  sus principales víctimas. Y se resisten hoy a ser excluidos del desarrollo económico y social. Por eso en esta hora donde se la juegan todo por la vida, los colombianos debemos extenderle nuestra mano solidaria a ese Pacífico que se levanta, a ese león que hoy despierta y se resiste a que su futuro siga siendo birlado.

Ese es el Pacífico que anhelábamos ver, el que se resiste a seguir brindándole beneficios y ventajas económicas a las élites, a los comerciantes del extractivismo, a los contratistas y a políticos que hoy se acercan para ganar clientelas. Es hora de diferenciar y dar el apoyo a los pescadores, a los recolectores de frutos del manglar, a las piangüeras, agricultores ribereños, barequeros, a los pueblos indígenas, a las comunidades afrodescendientes a las ‘cantaoras’, a los hombres y mujeres humildes y trabajadoras que sufren en carne propia el atropello, la soberbia y la exclusión de un Estado que brilla por su ausencia.

Los reclamos del Pacífico no pueden seguir siendo ignorados. Calar bayonetas para acallarlos no ha sido nunca el camino correcto y sería una deshonrosa intervención. Las demandas que hoy levantan estos pobladores tampoco pueden ser borradas con la tradicional mermelada a una clase política que poco a poco ha dejado de pertenecer espiritualmente al Pacífico.

La hora que viven los afrocolombianos del Pacífico es una ‘hora americana’, una de esas horas insurrectas y dramáticas que estallan para cambiar el curso de la historia. Esta vez, nadie lo puede ocultar, estas jornadas de lucha buscan acabar con el clientelismo, las elecciones fraudulentas, la corrupción, el saqueo de los dineros públicos, los negocios turbios, la explotación minera que arrasa con la vida de los ríos, la instauración de la intimidación, la discriminación, la violencia y el terror que ejercen aquellos que se arrogan la potestad de imponer y aplicar, por la vía de los hechos, sus propias leyes.

Encuentro Regional Interétnico del Pacífico

Instituto Mayor Campesino (IMCA)

Buga, 25 de mayo de 2017

Asociación de Mujeres AINI (fuente la primavera de flores) del río NayaConsejo Comunitario del Río Mayorquín

Consejo Comunitario del Río Yurumanguí

Consejo Comunitario del Río Anchicayá

Gran Consejo Comunitario del Río Patía, sus brazos y la ensenada – ACAPA

Consejo Comunitario Bajo Río Mira y Frontera

Asociación Campesina del Alto Naya

Resguardo Eperara Siapidaara del Río Naya

Organización Negros Unidos por los Intereses y Defensa del Río Anchicayá

Consejo de Mayores del CRIC

Fundación Sol y Tierra

Proceso de Comunidades Negras – PCN

Colectivo de Trabajo Jenzera

 

 

 

Mayo 13, 2017
by jenzera
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Mario Calderón y Elsa Alvarado (20 años después)

Colectivo de Trabajo Jenzera

Este 19 de mayo de 2017 se cumplen 20 años del asesinato de Mario Calderón y Elsa Alvarado. Hoy recordamos al amigo que nos dio la mano para enfrentar los difíciles momentos por los que pasaban los indígenas Embera del Alto Sinú, en sus luchas por la defensa de su territorio contra la represa de Urra. Estaba encargado de las tertulias ecológicas del CINEP —que nos formaron como activistas ambientales— cuando convocó, el 10 de mayo de 1997, una audiencia en el CINEP para analizar los efectos de la represa de Urra sobre el Parque Nacional Natural de Paramillo y sobre el resguardo Karagabí y   sus pobladores indígenas, una audiencia que fue abierta por el también generoso amigo de los indígenas, el recientemente fallecido Gabriel Izquierdo S.J., para entonces director del CINEP.

Al cumplirse 6 años de la muerte de estos queridos amigos, escribimos estas palabras:

“Él ex jesuita, ella comunicadora… una pareja de enamorados de la vida y la naturaleza en todas sus formas de expresión. Ese amor por la vida y la naturaleza los llevó paradójicamente a la muerte, una cruda madrugada del 19 de Mayo de 1997 en su hogar de Bogotá, donde la personificación de la intolerancia y maldad de esta Colombia les robó la vida…

Para recordar hoy ese legado de amor y dignidad que nos dejó, reproducimos un texto que nos leyó en una de las sesiones de las tertulias ecológicas:

“Los herejes son primos hermanos de los profetas. Profetas, no en el sentido más ordinario de la palabra, o sea, adivinos. Tampoco profetas en el sentido etimológico de la palabra: Pro–fari el que habla delante de los importantes, de los serios, los aceptados, los rentables, los legitimados, los ordinarios, los docentes.

Los profetas y los herejes hablan para develar y desenmascarar. Son emblemas de los procesos de insubordinación en las sociedades. Los herejes dejan siempre mala fama, colillas, chismes por donde han campado.

Dejan tras de ellos hogueras sin llama pero con lumbre. Más tarde, pueden aparecer otros trashumantes a soplar con viento nuevo para que resurja la llama con la cual forjan sus armas de combate por los derechos de la herejía”.

Mario Calderón
Obispo de Oriente

Mayo 8, 2017
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Mundos en colisión, mundos encontrados [1]

Santiago Mora[*]

A principios del siglo  XX, un solitario etnógrafo alemán recorría la selva amazónica. Su trabajo bien habría podido cambiar la forma en la cual descubrimos este mundo; lamentablemente, sólo una selecta audiencia tuvo acceso a sus escritos. A pesar de ello, no es exagerado afirmar que creaba un mundo hasta entonces insospechado, un mundo que aún hoy se puede descubrir.

Theodor Koch-Grünberg tenía una aguda capacidad de observación, una sorprendente habilidad para describir y registrar todo aquello que observaba; más que nada, estaba poseído por un ilimitado deseo de entender. Como buen etnógrafo, sabía que si bien él estudiaba las costumbres de los indígenas, estos últimos hacían lo propio con las suyas, pues para muchos de los nativos resulta indispensable entender las razones que llevan al etnógrafo a alejarse, sin ninguna compañía, de su mundo. Internarse en lo desconocido y dejar atrás todo lo que tiene sentido. ¿Qué lleva a este ser a entrar en un mundo que le es ajeno?

El mutuo interés por el otro que han sentido nativos y etnógrafos únicamente se puede transformar en conocimiento si entre ellos media una cierta dosis de confianza. Por esto es necesario humanizarse ante los ojos del otro, descubrir lo semejantes que somos pese a las diferencias que nos separan. Sólo así nativos y etnógrafos pueden entender al otro. Tal vez por ello Koch-Grünberg no tenía ningún reparo en hablar sobre su vida en Alemania; tal vez por ello los nativos le permitieron permanecer en la maloca y observar, mientras conversaban. Koch-Grünberg relata cómo en cierta ocasión, después de una conversación en la cual los indígenas le preguntaron sobre el mundo del cual provenía, él se atrevió a enseñarles una fotografía que llevaba consigo. En la fotografía, la esposa y los hijos del etnógrafo posan frente a su casa. No resultó para nadie sorprendente que el etnógrafo tuviera una familia, pues casi siempre se piensa que la normalidad la da la pertenencia a una familia. Lo que sí sorprendió es que en la fotografía se ve una sustancia blanca, inexplicable, que lo cubre casi todo: el techo de la casa, el suelo y hasta los árboles se encuentran recubiertos con este «material». El etnógrafo provenía, sin lugar a dudas, de un mundo blanco; a lo mejor para los nativos eso explicaba su palidez.

Es fácil imaginar los esfuerzos que realizó Koch-Grünberg para revelar la naturaleza de esta sustancia.  Insistió en el hecho, indudable, del efecto de la temperatura en las características de algunos líquidos. Posiblemente argumentó cómo el agua, al exponerse al calor de la candela, se transforma en vapor. Intentó crear en la mente de su audiencia una analogía que permitiera imaginar que si el calor se remplazara por un intenso frío, el agua, que en el primer caso se transformó en un gas, en el segundo se transformaría en una piedra. El etnógrafo trató de hacer lógico el origen de la nieve y el hielo para quienes nunca lo han visto, o siquiera imaginado.  Un objeto impensable se presentaba ante los ojos de los miembros de una comunidad que, con toda seguridad, miraban atónitos a este extraño personaje.

Por supuesto que los indígenas sabían que los cambios de temperatura tienen efectos sobre el mundo.  Ninguno de ellos desconocía esta realidad. Cuando un «friaje» —una masa fría de aire que se desplaza desde el sur, cubriendo la Amazonia— llega a sus tierras, el bosque y sus habitantes enmudecen. De la tupida selva no emerge ningún ruido; en las chagras no se escucha el cantar de las aves; en las quebradas no se oye el croar de las ranas; ya no suenan en los pastizales las sirenas que prenden las chicharras para festejar o ahuyentar el calor del mediodía. Durante el friaje todos los animales se han reunido con los miembros de las comunidades a las cuales pertenecen para hablar, para discutir, para discernir las razones y consecuencias de este inesperado evento. Es un tiempo para pensar, para debatir a la espera de mejores épocas. Los nativos permanecen también en el interior de la gran casa comunal, en la cual las hogueras arden sin tregua.

Esa misma noche, desde su hamaca, sumido en la oscuridad, Koch-Grünberg escuchó la conclusión a la que habían llegado algunos de los nativos después de examinar la fotografía y escuchar las explicaciones que él les había dado. Indudablemente, este europeo era un necio, un alucinado, un cretino. ¿Cómo puede el agua ser de piedra?

Los nativos y el etnógrafo se habían distanciado no porque se dudara de la humanidad de uno o de los otros. No eran diferentes, sólo lo eran sus mundos. Los alejaba un paisaje inexplicable. Vivían en espacios con reglas diferentes, universos distantes e irreconciliables. Las normas que organizaban el comportamiento de las cosas allá no tenían ningún sentido acá.

Más de cien años han transcurrido desde este incidente.  La selva se ha incorporado poco a poco al mundo del cual el etnógrafo emergió; cientos de productos y materias primas se extraen de ella. Muchos de los nativos desaparecieron, así como también una buena parte de la jungla. Unos pocos de ellos aún habitan en un mundo que no puede entender el extraño universo del etnógrafo. La voz del etnógrafo, y los conocimientos que adquirió en su largo deambular, se diluyen bajo el bullicio de las máquinas que hacen los pozos para extraer petróleo, que sondean aquí y allá los suelos en busca de metales o que crean avenidas que cortan un mundo cuyas reglas no entendemos.

A pesar de todo, las discrepancias de estos mundos han prevalecido, ya que se fundan en razones profundas, no sólo en las apariencias del paisaje. Vale la pena intentar entenderlas, a lo mejor allí podemos encontrar opciones para el presente.

El mundo del etnógrafo

El cosmos del etnógrafo se originó en la tradición judeocristiana.  Una tradición capaz de asimilar a todas las tribus de bárbaros que se opusieron a la expansión del imperio romano. Un imperio que asimiló, incluso, a todos aquellos que lo destruyeron. Con el tiempo, grupos como los visigodos, los vikingos, los eslavos o los mayard, que se enfrentaron a los romanos, terminaron siendo tan cristianos como ellos, o quizás más. Estas creencias les permitieron consolidar, en los tiempos de atomización, la centralización del poder en una institución: la Iglesia. Pero los romanos no sólo les legaron a estas gentes una fe: sus leyes, códigos, historias, viviendas, calles, palacios y mercados fueron una inagotable fuente de inspiración. Hoy, las ruinas de este imperio se encuentran por doquier.  Viejos coliseos, antiguos acueductos, abandonados lapidarios: el legado de los antiguos amos sigue potenciando las realizaciones de la Europa de hoy.

Las creencias religiosas impartidas en este universo no intentaban perfeccionar el mundo, buscaban mejorar el espíritu humano. La excelencia no podía ser más que moral y por ello, en una gran medida, personal.  Dios les proporcionó, según sus textos, el mundo material para que lo emplearan en este proceso, en esta búsqueda de la perfección espiritual. El mundo-recurso de los europeos era un espacio que simplemente se debía usar. Se llegó a pensar que era inmutable e infinito: un proveedor incansable de todo aquello que se necesitara.  Pensadores como Georges Cuvier, a principios del siglo xix, enfrentaron grandes problemas para demostrar que el mundo cambiaba. Era difícil aceptar, en aquella época, que una secuencia interminable de catástrofes había dado forma al actual paisaje; no obstante, una vez que este pensamiento se tomó seriamente cobró un nuevo sentido la relación entre el crecimiento de las poblaciones y los recursos a su disposición. Al aceptar la mutabilidad de la naturaleza y la existencia de una encarnizada competencia entre poblaciones e individuos, se abrió la puerta a la idea de la evolución.

El dinámico mundo, descubierto en el siglo XIX, se empezaba a entender cuando se lo examinaba con un método que fragmentaba y buscaba separar, creando categorías cada vez más excluyentes; con ellas, se explicaba en detalle un limitado número de fenómenos. Así, de la mano de las clasificaciones, se daban importantes pasos que permitían examinar los objetos —minerales, animales, vegetales— del mundo. El empleo de este método llevó a increíbles descubrimientos.

Simultáneamente, se consolidaba una visión, en el centro de la cual se encontraba el individuo. Los derechos, la libertad y el mismo concepto de autonomía se erguían como importantes virtudes que destruían las antiguas supersticiones y la irracionalidad que habían caracterizado los tiempos pasados. Este pensamiento no sólo separaba el entonces del ahora, sino que su uso creaba una notable diferencia entre nosotros y el otro; después de todo, se pensaba que estas antiguas formas de ver el mundo soportadas por la superstición subsistían en los pueblos no occidentales. Hoy ya no los llamamos salvajes o bárbaros, ahora les decimos premodernos; sin embargo, en la mente de muchos, estos «nativos» tienen algo en común con los del pasado: necesitan una ayuda para acoger nuestra religión y nuestra forma de pensar. Después de todo, muchos de ellos aún no entienden de dónde viene el etnógrafo que cataloga los objetos que emplean, ordena sus mitos en secuencias o crea diseños esquemáticos de su cosmos.

En este contexto, no resulta sorprendente que el pensamiento económico occidental se desarrollara basado en una concepción que ve un ejemplo en el comportamiento del individuo. Este individuo es un personaje que se ha definido de acuerdo con una premisa básica: se trata de un sujeto que se mueve guiado por su propio interés. Sin embargo, se espera que este comportamiento individualista genere un beneficio social.  Así se crea una sociedad ideal que ve con beneplácito la competencia, que aspira a una alta producción y a un gran intercambio y que asume la acumulación como una bendición. En esta sociedad no hay nada de qué preocuparse, puesto que la lucha mantendrá los precios bajos tanto en la producción de los objetos como cuando éstos son introducidos en los mercados. Por otra parte, los mismos mecanismos evitarán los abusos de los monopolios y permitirán que los intereses sean bajos. Es como si existieran unos vasos comunicantes que llevan a nivelar los flujos, sin que para ello medie algún esfuerzo. De este modo, la mano invisible, que a lo mejor soñó una noche Adam Smith, posibilitará un adecuado desarrollo. Pero no son éstas las únicas ventajas que ofrece el sistema, ya que también vela por la tranquilidad del individuo. Cuando las cosas no van bien, se puede pensar que es por culpa de la economía.

Así el mezquino individuo también tiene derecho a ser irresponsable. En realidad no hay responsables, no hay responsabilidad ni culpa. Las cosas pasan. Una increíble contradicción se encierra en el interior de la sociedad que creó la ciencia. Una forma simplista de liberar culpas y justificar las decisiones del individuo que sólo debe y puede pensar en sí mismo.

La sociedad del nativo

Los cosmos de los nativos, en particular de aquellos que habitan en la Amazonia, también fueron creados por dioses. Los mitos nos hablan de cómo ocurrió esto; simultáneamente nos hablan de todo aquello que ha pasado. Uno de los más destacados antropólogos del siglo que terminó —Claude Lévi-Strauss—, quien hizo trabajos etnográficos en la Amazonia, notó cómo los mitos no ofrecen una explicación parcial sino que presentan una totalidad. El mito constituye una explicación, que si bien no le da al hombre un poder técnico sobre la naturaleza, le ofrece la ilusión de entender todo. A diferencia de los europeos y sus descendientes, el procedimiento empleado para elaborar y manejar este conocimiento no se basa en reducir, dividir, fragmentar; por el contrario, allí la adición, la integración, es la norma con la cual se organiza el conocimiento.

Paradójicamente, desde mediados del siglo xx Occidente ha intentado producir un conocimiento cuya característica sea integrar; se busca entender complejos sistemas a partir de modelos que adicionan más y más variables. Basta ver los esfuerzos de los físicos que buscan una teoría que unifique las fuerzas conocidas, o los intentos de los ecólogos por comprender la biosfera. Los nativos, por su parte, han integrado todo aquello que se sabe en un relato que se repite y se adapta a las circunstancias presentes. A esta primera diferencia entre occidentales y las sociedades premodernas la siguen otras. En los mundos de los nativos los humanos también son, como lo son en la historia religiosa de los europeos, centrales. Después de todo, somos nosotros —los humanos— quienes necesitamos a Dios, no Él a nosotros. A pesar de esta congruencia, existen importantes matices entre las concepciones de los dioses y las tareas que ellos imponen a los humanos. Hay que tenerlas en cuenta.

Los dioses, al introducir a los humanos en las mitologías amazónicas, intentaron establecer un orden.  Querían dar una dirección al mundo. Los mitos relatan múltiples intentos por imprimir esta dirección.  En la tradición europea, Dios creó a los humanos a su semejanza; ellos deben alcanzar, al menos, una pequeña parte de la perfección que Él encarna. De cierta manera aquí, como en sus economías, hay una fuerte dosis de individualismo. Por el contrario, en el mundo de estos «otros» la intención de los dioses fue organizar, a partir de aquello que es humano: la sociedad.  Una visión comunal. El objeto de los humanos es socializar el mundo.

A nadie le puede sorprender que durante el friaje los animales se reúnan en sus comunidades para discutir, en un evento social, sus problemas. Después de todo, ellos tienen su propia sociedad. Para el chamán, la semejanza entre el comportamiento de las comunidades de los animales y los humanos es natural. No duda en afirmar que nosotros vemos a los animales como animales y ellos a nosotros en la misma forma. Sin embargo, cuando él se transporta al mundo de los animales los ve como humanos. Viaja allí para reunirse con los representantes de estas comunidades, para negociar los intereses de su propia comunidad, o simplemente para suavizar los conflictos que surgen entre los grupos. Se puede afirmar por ello que hay una igualdad entre las sociedades de los humanos y las de los animales; se presume que las dos enfrentan problemas semejantes. En la historia (el mito), esta esencia social es fundamental y trasciende la sustancia. Por ejemplo, en el Vaupés un mito barasana explica cómo una pequeña ave, de piernas cortas y frágiles, con un cuerpo ovalado, que prefiere cazar insectos en la noche, en un tiempo mítico cayó en medio del silencio y la oscuridad primigenia. Asustada, preguntó: «¿Quién soy yo?». En la oscuridad se escuchó una voz que contestó: «Eres un hombre». El pájaro inquirió nuevamente: «¿Quién eres tú?». La voz replicó: «Una mujer». Así aparecieron los primeros humanos. Allí, en la selva, no existe ninguna contradicción entre la forma y la esencia: un pequeño pájaro es el primer hombre, porque lo que lo hace hombre no es su sustancia, es su esencia.

Una importante consecuencia que se deriva de este pensamiento es que si existen muchas sociedades semejantes en su funcionamiento a la de los humanos, éstas adquieren un valor semejante a la nuestra; es decir, la sociedad de los humanos es la principal para los humanos, pero no lo es para todas las otras. Un pensamiento que se aleja del hombre occidental, que domina la naturaleza dada su superioridad. Aquí, en estos otros mundos, es necesario negociar debido a la «igualdad». En estas sociedades, desde la Amazonia hasta el Ártico, no es raro que el cazador, por ejemplo, realice un pequeño ritual para liberar el espíritu de la presa recién sacrificada.  El cazador pide perdón por el sacrificio que ha hecho.  Después de todo, está tomando la vida de uno de los miembros de una de estas sociedades de los animales.  Sería muy difícil evitar que la gente se riera del carnicero que implora perdón de rodillas a los cuerpos de los animales que cuelgan de un gancho en su negocio.

El chamán se transforma en jaguar para recorrer la selva
en la oscuridad de la noche, buscando los marcadores del cambio;
indudablemente es un jaguar, pero solo puede ser un jaguar
porque es un chamán

Otro notable contraste entre las concepciones de estas sociedades y «Occidente» es la idea de transformación. En el mundo de los nativos, el caos que antecedió a la sociedad poco a poco fue cobrando significado, ajustándose, cambiando para organizarse.  Las relaciones sociales, tanto entre humanos como entre los miembros de otras especies, permitieron crear un orden que, como las mismas relaciones sociales, es cambiante. De modo que estos universos se edifican sobre la premisa de la mutación, de un proceso que no tiene fin. Allí no se puede pensar el mundo sin incluir una fuerte dinámica. Todo se encuentra en proceso de transformación; una gran parte del oficio del chamán consiste en estar atento a los cambios que se dan, interpretarlos, desarrollar la agudeza necesaria para identificarlos. Una visión que choca con aquella que se produjera en Europa desde sus inicios y que tanto trabajo le costó derribar a la ciencia.

A pesar de todo, en Occidente nos gusta pensar en lo constante, nos gusta ignorar el cambio, estamos más cómodos con la inmutabilidad. Es cierto que dejamos cambiar las pequeñas cosas, como la moda —que parece repetirse en ciclos —, o los pequeños detalles de las máquinas que tenemos que remplazar cada tanto porque son obsoletas —algunas tienen colores obsoletos—, a pesar de que su función y su diseño no cambien. Allí no hay resistencia. Cuando se habla de cambio climático, por ejemplo, la resistencia puede ser brutal. Se requirieron muchos esfuerzos para que una parte del público empezara a tomar seriamente esta idea, pese a que desde la ventana de las casas de los políticos y los legos se veían los efectos de la modificación del clima.

La posibilidad del agotamiento de un determinado recurso es algo que muchos no pueden aceptar.  Si llegan a hacerlo, siempre existe la tranquilizadora certeza de que todo seguirá igual, pues alguien, en algún lugar, está preparando una tecnología que nos dejará seguir actuando del mismo modo. Así podemos vivir en medio de una certeza mística. Entre tanto, el chamán se transforma en jaguar para recorrer la selva en la oscuridad de la noche, buscando los marcadores del cambio; indudablemente es un jaguar, pero sólo puede ser un jaguar porque es un chamán. Es un mundo sujeto a un continuo proceso, en constante mutabilidad, como lo es el mismo chamán.

Pese a estas diferencias, posiblemente la más significativa sea aquella que define lo que se puede ver. La mirada del nativo ve un mundo integrado; la mirada del occidental, una parcialidad. Actúan de acuerdo con estas visiones. Cuando la enfermedad llega a la vida de un occidental, el médico general determina la localización del mal; si el tratamiento prescrito no funciona, se acude al especialista, un experto que sabe sólo de una fracción del cuerpo y que no tiene problema en prescribir un medicamento bueno para aliviar el mal del órgano en cuestión, pese a que sea pésimo para los demás órganos del cuerpo. Es cierto: los medicamentos redujeron el colesterol en el paciente, pero lástima que le ocasionaron un cáncer en el hígado que resultó fatal. O bien, si es difícil encontrar el punto de origen del mal siempre se puede recurrir a la cuarentena, ya que se piensa que el aislamiento, la separación del grupo, protege a todos. Incluso a los enfermos. Esto es lo que hacemos en muchos casos en los cuales el diagnóstico es psiquiátrico: aislar. Cuando la enfermedad aqueja al nativo no se piensa que se trata de un mal individual, a todas luces la comunidad está enferma, como lo revelan los síntomas que aparecen en uno de sus miembros. El trabajo del chamán consiste entonces en buscar las razones, en tanto alivia los síntomas. No se puede concebir al paciente en forma aislada, no se lo puede separar de la sociedad; por el contrario, hay que llevarlo a su interior, hay que protegerlo. No es raro que la enfermedad la cree una transgresión de las normas sociales, un delito que incumple el pacto sellado entre las sociedades que habitan el bosque. El excesivo consumo o la caza de los miembros de otras comunidades ha generado una retaliación, ahora es necesario ser cuidadosos, intentar restablecer el balance.

Encuentros

Hace cien años la comunidad de nativos encontró al etnógrafo: un solitario alemán que deambulaba por el bosque, separado de su sociedad. En ese entonces los mundos, tanto del etnógrafo como de los nativos, se hallaban en el límite del abismo. Ninguno de ellos lo sabía. Pronto, algunos eventos globales reorganizarían la totalidad del planeta. Los ejércitos recorrerían Europa sembrándola de muerte. Los aviones dejarían caer sus bombas aquí y allá.

A miles de kilómetros, en la selva, reclutarían a los indígenas para extraer las materias primas, como el caucho, que se requerían para nutrir las máquinas de muerte que los conocimientos adquiridos por medio de la ciencia habían creado. Una espina se clavaba en el centro de la selva, y de ella crecerían los horrores de las caucherías, surgirían las primeras carreteras y se posibilitaría la extracción de otros recursos que también contribuirían a ganar o perder futuras guerras. Los vínculos de estos mundos se habían profundizado, ineludibles sus relaciones, inevitable la crisis que las engloba.

Ahora, con el tiempo, nos encontramos de nuevo en la encrucijada. Obviamente, la visión de los nativos no puede funcionar en el Occidente actual, ya que ésta fue creada por un mundo y para un mundo que veía en el equilibrio y el cambio dinámico una bondad que les permitió vivir en un cosmos que controló los excesos. Nadie tuvo tanto poder, nadie acumuló más de la cuenta, nadie sacó demasiado provecho. Todos, y nunca fueron muchos, han sido la sociedad que el chamán intentaba mantener saludable. Es cierto, Occidente ha cambiado; no hace mucho tiempo otro etnógrafo, Gerardo Reichel-Dolmatoff, notó las increíbles coincidencias entre la cosmovisión de una sociedad amazónica y la teoría general de sistemas.  Coincidencias que emergen de la necesidad de ver una totalidad, de una respuesta que busca entender un conjunto. A pesar de ello, el mundo de los nativos es impensable en un paisaje que se define por los excesos: exceso de pobreza, exceso de abundancia, exceso de soledad. Excesos que se nutren indefinidamente de las carencias. Un mundo que no se puede pensar con los millones de millones de habitantes que luchan por unos recursos cada vez más escasos. Un mundo que nació con la promesa de un crecimiento sin límites y que ahora descubre que el mayor límite que pudo encontrar fue la propia ilusión de ser ilimitado.

Es posible pensar, después de todo, que exista una alternativa. El solitario etnógrafo y la comunidad nativa han sido, simplemente, el resultado de una mentalidad. Cada conjunto alimentó sus pensamientos con actos que cambiaron sus realidades.  Nuevas interpretaciones surgidas y soportadas por aquellas cosas que se habían asumido les imprimieron la dirección a estos mundos. A lo mejor podemos crear una nueva mentalidad que asuma de un modo responsable la forma en que consumimos, la manera en la cual pensamos del otro. Una mentalidad que respete al otro —naturaleza o humano—, que lo vea como un socio con el cual se está dispuesto a negociar en aras de un beneficio común. Hasta ahora, con tanta ganancia en este mundo, lo único que hemos logrado es perder.

 


[*] Santiago Mora es profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de St. Thomas, en New Brunswick (Canadá). Realizó estudios de licenciatura en la Universidad de los Andes en Bogotá, de maestría en la University of Gainesville (Florida) y obtuvo un doctorado de la Universidad de Calgary (Canadá). Sus trabajos de investigación se centran en temas tales como el manejo de los recursos, los sistemas adaptativos y las tempranas sociedades de cazadores y recolectores de las tierras bajas suramericanas.

[1] Publicado por la Revista Número 70, Bogotá  diciembre 2011. Fotografías de Lilith

 

Abril 30, 2017
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Desestructuración de las culturas indígenas y nueva colonialidad en el posconflicto

 

 

 

Efraín Jaramillo Jaramillo

Colectivo de Trabajo Jenzera

 

“No hay que tener miedo de opinar

sobre un tema de forma distinta

a como lo habíamos hecho en el pasado,

porque no existe una ley que nos impida

ser más inteligentes que ayer”

Konrad Adenauer

 

Con la Constitución Política de Colombia de 1991 no sólo se elevaron los derechos indígenas al orden constitucional,también se reconoció lo que de hecho es Colombia: una Nación multiétnica y pluricultural. Hasta entonces los pueblos indígenas podían esperar poco del Estado y las leyes que los protegían, solo podían materializarse si estos pueblos tenían el suficiente músculo organizativo para hacerlas valer. Con la nueva Constitución entraron a ser considerados como parte orgánica de la Nación colombiana, sus territorios fueron reconocidos por el Estado como Entidades Territoriales de la Nación y obtuvieron por circunscripción especial dos escaños en el Senado y uno a la Cámara de Representantes. Esta apertura constitucional les abría también las puertas para entrar a hacer parte de la organización del Estado. El cambio fue notable: estas identidades culturales, antes diversidades negadas y despreciadas por reivindicar gobiernos autónomos, órdenes económicos colectivos y desavenir con la economía de mercado neoliberal, se volvieron sujetos de protección constitucional. Líderes indígenas —bailando en un solo pié!— consideraron que se había acabado con la secular exclusión política de sus pueblos, una injusticia histórica que también padecían los pueblos afrocolombianos, que igualmente fueron recompensados en la nueva Constitución con la titulación de aquellos territorios que ancestralmente venían ocupando —fundamentalmente en la región Pacífico— y un escaño en la Cámara de Representantes.

Desarrollos políticos posteriores dieron al traste con el entusiasmo que despertó en estos pueblos, la apertura constitucional del 91. Los más perjudicados fueron los afrocolombianos. Aún estaba fresca la firma de los títulos de propiedad sobre sus territorios y las comunidades negras no habían terminado de posesionarse y conformar sus órganos de gobierno (Consejos Comunitarios),cuando empezaron a ser desplazados violentamente de sus territorios[1], arrebatándoles su disfrute y la posibilidad de reconstruir sus vidas en estas selvas de gran riqueza ambiental a las cuales habían atado sus vidas, después de huir de la esclavitud. Comenzó una nueva diáspora negra, tan dramática como la que vivieron en el siglo XVI, cuando fueron arrancados de su nativa África para trabajar las minas de oro del Nuevo Mundo. Este modelo paramilitar de ocupación de territorios estaba orientado por actividades extractivistas (oro y madera), cultivos de plantación (palma aceitera, banano y coca) y producción de narcóticos, que modificaron la estructura productiva de la región, desestabilizando las economías de los pueblos indígenas y afrocolombianos. En ningún caso generaron desarrollo económico, como quisieron dar a entender aquellos “empresarios” interesados coincidentemente en este modelo económico paramilitar. Por el contrario instauraron nuevas formas de pobreza (cultural, ambiental y política), nuevas amenazas y nuevas vulnerabilidades para todos los pobladores del Pacífico. Lo que más nos interesa destacar aquí, es que la implantación de este modelo económico estuvo acompañado de una inusitada violencia que desmanteló las organizaciones sociales, asesinando a su liderazgo y derrumbando la poca y ya debilitada institucionalidad de la región. Las comunidades fueron movidas y utilizadas de acuerdo a la lógica política, militar o económica de estos actores, lo que produjo un proceso de disolución de unas ‘prácticas’ interculturales, ensayadas por los afrocolombianos durante varios siglos de interacción con ambientes y pueblos indígenas embera y wounaan, tule y awá, de los cuales habían aprendido las artes para manejar la selva y el río y con quienes compartían territorios y bienes ambientales.

Estas prácticas interculturales habían conducido a que se construyera un tejido social interétnico que apuntaba a generar procesos de organización autónomos en las regiones, para defender los recursos ambientales (madera, oro, bosques). Ese fue el motor para el surgimiento de las organizaciones indígenas regionales (OREWA, CAMAWA, CAMIZBA) y las organizaciones afrocolombianas (ACIA, OCABA, ASCOBA), procesos organizativos en los cuales misioneros claretianos estuvieron involucrados. Estos procesos se acercan nuevamente cuando los indígenas plantean para la Asamblea Nacional Constituyente el concepto de ‘grupos étnicos’ como estrategia para articular en términos ‘étnicos’ todas las luchas por la defensa de los territorios.

Las movilizaciones en contra de la celebración del quinto centenario del “Descubrimiento de América” fueron factores que contribuyeron a forjar más una identidad interétnica. Más aún, la “Campaña de Autodescubrimiento de nuestra América”, levantada conjuntamente por indígenas y afrocolombianos, fue planteada con una perspectiva étnica, que invitaba a todos los colombianos a tomarse en serio el discurso multiétnico y pluricultural de la nueva Constitución nacional, pues era una ‘ampliación de humanidad’ que nos había enriquecido a todos los colombianos. Cuando los que solidariamente acompañamos esta campaña planteamos que este discurso interétnico se elevara a la categoría de auténtica filosofía crítica, nos tildaron en un diario capitalino de “distinguidos moradores de un parque jurásico”. Una burla que mostraba que el establecimiento desconfiaba de la ‘etnización’ del pueblo negro y miraba con recelo una politización de las etnias. Y quizá es en esa dirección hacia donde apunta el razonamiento del Banco Mundial, cuando en su página Web afirma, que “la etnicidad puede ser una herramienta poderosa para la creación de capital humano y social, pero, si se politiza, la etnicidad puede destruir capital… (pues) La diversidad étnica es disfuncional cuando se genera un conflicto”.

No obstante el tiempo terminó dándoles la razón a estos planteamientos étnicos y muchas cosas cambiaron desde entonces. Ya no se acepta por ejemplo la validez de una sola vía en el desarrollo de las ciencias sociales y de las ciencias políticas y ha sido cuestionada la idea de modelos universales de desarrollo económico y social. Y a la par que se reconoce la legitimidad y la importancia de la multiculturalidad, marcha la idea de que en nuestra sociedad, los sistemas sociales tienden, más que a obedecer leyes, a crear nuevas leyes.[2] El valor de los conocimientos de indígenas y afrocolombianos ha sido no solamente honrado, sino que de sus enseñanzas se ha beneficiado toda la sociedad. Los estudios que se vienen haciendo sobre esa lógica ‘detrás de la vida’ y el comportamiento y espiritualidad de estos pueblos, muestran otros sistemas de organización, producción, distribución, reproducción, otras formas de aplicar el conocimiento y maneras diferentes de entender el desarrollo de las sociedades. Una cosa importante en este cambio de percepción de la sociedad colombiana hacia los grupos étnicos, no es únicamente que se reconozca que estos pueblos ostentan con legitimidad cosmovisiones, tradiciones y modos de vida diferentes, sino que se califiquen estas diferencias como de gran valor para toda la sociedad.

No obstante, estos procesos interétnicos, que aquí hemos descrito de forma irresponsablemente superficial, han sido cruzados por una paradoja muy seria, que es la de confundir procesos autogestionarios con capacidades autónomas de las organizaciones para resistir el descomunal ataque de intereses económicos —violentos por demás— a sus territorios y bienes. Peor aún, a la par que el Estado viene cohonestando con estos intereses económicos, quedan al garete la defensa de derechos constitucionales que protegen a los “grupos étnicos”. Esta paradoja se ha venido experimentando de forma diferente en cada situación. En el Cauca, donde hay una dirigencia experimentada en largos años de lucha para recuperar las tierras de los resguardos, se confrontó al Estado, obligándolo a negociar. No obstante en la mayoría de situaciones fue el Estado el que impuso las condiciones que debían aceptar, si los indígenas querían acceder a recursos.

Las transferencias del Estado a las Entidades Territoriales Indígenas que se obtuvieron en la nueva constitución, marcaron la primera pauta —después vendrían más— para la relación con el Estado, creando una “cultura” y un imaginario de que todas las acciones políticas consistirían en organizarse más y mejor para exigirle al Estado más recursos. Esta lógica, que antaño todos consideramos como acciones exitosas de los indígenas, fortaleció más al Estado centralista y desvió totalmente las luchas por la democratización de la sociedad y el Estado colombianos y por la participación indígena en la construcción de un Estado multiétnico y pluricultural. Esto ha fortalecido el proceso de dispersión del movimiento indígena y desnudó a su dirigencia, que cada más pendiente de recursos -ahora los del posconflicto-, se ha despreocupado de la participación de sus pueblos en la construcción de la democracia. Basta mirar la paradoja de lo que sucedió con los ya famosos “Planes de Salvaguarda” que a pesar de haber engullido cuantiosos recursos, no tuvieron resultados visibles para los pueblos indígenas, para ver que aquí la historia va por buen camino de repetirse.

Para concluir. Podemos decir que nunca antes en la historia de los afrocolombianos y los indígenas se ha tornado tan urgente y necesario el desarrollo de relaciones interétnicas, pues lo que tienen que atender ahora es la necesidad de participar en la construcción de un proyecto democrático para un país multiétnico y pluricultural, pues es en este nuevo país que se pueden crear las condiciones para blindar sus territorios de nuevas relaciones económicas creadoras de más desigualdad, que van a ser instauradas por medio de la implementación de políticas públicas para el desarrollo de los territorios, como por ejemplo las Zonas de Interés de Desarrollo Rural Económico y Social (ZIDRES), proyectos mineros y otros proyectos de plantación, aceptados en los acuerdos. Proyectos que no van a atender la necesidad de una sana y suficiente alimentación para los colombianos, sino para atender mercados de los países centrales del capitalismo, incluidas China. Una nueva colonialidad que va a continuar con la desnacionalización del país que ya se encuentra en marcha.

La Selva, Caloto, 25 de abril


[1] Sucedió en el Bajo Atrato: en 1996 entregaron el primer título colectivo de tierras a las organizaciones negras de la zona e inmediatamente después fueron obligados a desplazarse. Lo mismo le ocurrió a las comunidades negras del río Baudó 10 años después, quienes recibieron su título el 23 de mayo de 2007 y fueron desplazadas el 4 de junio.

[2] Un grupo de activistas de derechos humanos que acompañó a los afrocolombianos del Bajo Naya en la consecución de su territorio colectivo, plantearon que las leyes colombianas no contemplaban “territorialidades interétnicas” y por lo tanto era ilusorio propugnar por un territorio interétnico. Estos activistas de Justicia y Paz no entendieron que se había creado una nueva realidad y que esto exigía plantear nuevos paradigmas. La actitud poco creativa de estos activistas terminó de ‘enredar la pita’. No entendieron que los importantes reconocimientos constitucionales y legales que posibilitaron la constitución y consolidación de muchos territorios colectivos, obedecieron a encuentros interculturales fraguados durante las sesiones de la Asamblea Nacional Constituyente, dando inicio a una reorganización interna y a agendas políticas propias para construir nuevas formas de organización y solidaridad, encaminadas a escapar a la guerra y a revertir siglos de exclusión.