ECLIPSE DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS INDÍGENAS

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Efraín Jaramillo Jaramillo /Colectivo de Trabajo Jenzera

 

“…aun en los tiempos más oscuros

tenemos el derecho a esperar cierta iluminación,

que puede provenir menos de las teorías,

y más de la luz que algunos hombres y mujeres

reflejarán en sus trabajos, y sus vidas …”

Hannah Arendt

(Hombres en tiempos de oscuridad)

 

Según la Academia de la Lengua española un eclipse es la “ocultación… de un astro por interposición de otro cuerpo celeste”. Por analogía, este fenómeno astronómico se usa para expresar que alguien o algo –por ejemplo un partido político– se desluce o pierde importancia –desaparece de la vista– por la acción de otros sujetos políticos.

Esto puede estar sucediendo con los partidos Alianza Social Independiente (ASI) y Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS), que provienen del mundo indígena y de sectores intelectuales de izquierda, solidarios con las luchas étnicas, o de movimientos que se apellidan ‘alternativos. Y digo que puede estar sucediendo, porque las débiles relaciones que tienen actualmente con el mundo del trabajo  –obreros y campesinos–, o con movimientos políticos de izquierda, tan comunes en el pasado, tienden a reanimarse, esta vez por la vía electoral –alianzas y avales–, oscureciendo, como otras veces en el pasado, el curso de sus luchas.

Suponiendo que en el país haya ‘partidos de clase’ que representan intereses de determinados sectores de la sociedad –el conservador representando a terratenientes y empresarios, y liberales y socialistas representando intereses de obreros y campesinos– estas representaciones han ido perdiendo su significación originaria, desdibujándose de tal forma, que se han desvanecido los matices ideológicos que los distinguían. Lo que hoy encontramos son conglomerados sociales, aglutinados a los extremos del espectro político. Estaríamos –en términos de Ernesto Laclau– en presencia de una “derecha y una izquierda populistas”.

Para el caso de la derecha, esta se encuentra representada por el Centro Democrático y el partido Conservador que lideran los ex presidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana. Son sectores bastante definidos y fácilmente identificables: terratenientes, empresarios agrarios y extractivistas, representantes del capital industrial y financiero, iglesias cristianas y sectores ‘emergentes’.

Para el caso de la izquierda se trata de un variopinto ramillete de organizaciones, con múltiples demandas heterogéneas, en determinados casos –el agrario es uno de ellos– contradictorias entre sí, con ideologías contrapuestas y con significativos vacíos programáticos. Una mirada a los movimientos ‘Cumbre Agraria’ o ‘Congreso de los Pueblos’ muestra las dificultades que tienen agrupaciones heterogéneos para tomar un curso definido, pues se trata –en palabras de Bernard-Henry Lévy–: “de procesos de larga duración, oscuros, conflictivos, en el que los avances repentinos vienen seguidos de retrocesos desesperantes…”. En este extremo del espectro político estarían ubicados también el nuevo partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC) y la llamada “Lista unitaria de la decencia” que se origina de la fusión de ‘Todos Somos Colombia’ de Clara López, la Unión Patriótica de Aida Abella, Colombia Humana de Gustavo Petro y disidencias del Polo Democrático que acompañan a Clara López.

Esta –inusual extrema– polarización política de la Nación colombiana, más que ser el resultado de una crisis de los partidos –que también se presenta– es la expresión de una ‘sobrepolitización’ de la vida pública, que empezó cuando el presidente Juan Manuel Santos se ‘desmarcó’ de Álvaro Uribe Vélez –su antecesor y padrino político–, y que se Potenció con las diferencias sobre el proceso de paz, alcanzando su clímax con el plebiscito sobre la refrendación de los acuerdos de paz. Esta sobrepolitización y polarización de la vida pública ha nublado el panorama político del país, una situación, que además de ser insoportable, viene opacando también el sano juicio político de los colombianos, reduciendo la vida política del país a una confrontación entre uribistas y antiuribistas, sobre todo después de que las facciones políticas aliadas con el ex presidente Uribe ganaran el plebiscito–. ¿Cuál de los extremos de esta polarización le hace menos daño al país? Difícil saberlo, cada uno le aporta sus propias calamidades.

Esta polémica ya no se explica sólo por la crisis que experimentan los partidos políticos. Tiene que ver con una ‘crisis generalizada de la política’. La ‘arena’ de la política ha sido sustituida de tal manera por un campo de pasiones incontroladas que ya no es posible entenderlas sin recurrir a la psiquiatría, pues se trata de emociones ocultas de afectos y odios, proyectados desde los actores políticos hacia lo público.

Viendo así las cosas, no resulta extraño que la política sea un lugar de encuentros y desencuentros, una zona de conflicto donde los adversarios se enfrentan por el reconocimiento y el juicio de la opinión pública para ganar voluntades en las urnas. Sobre todo es también –lo que es relevante para la antropología– el sitio donde se expresan las diferencias, pero también donde se afirman las identidades. Es por lo tanto el espacio donde se hace la historia de los pueblos y se construye el futuro de las sociedades.

Debido a que la acción política es realizada por seres humanos, en esencia complejos y ambiguos, con cargas ideológicas, incertidumbres morales e intereses terrenales, hace que el estado de democracia que construyen esté rodeado de encrucijadas, y las instituciones que crean para gobernar y administrar justicia, sean frágiles, volátiles y cambiantes.

En Colombia –una Nación con una impronta oligárquica de larga data– esta fragilidad tiende, por las mismas contradicciones que genera, a paralizar y volver inoperantes las instituciones que crea, lo que conduce a la descalificación social de la acción política. Y la descalificación de la política ha sido la antesala para aventuras autoritarias, como las que experimentan países vecinos, y como las vividas en Colombia con Álvaro Uribe Vélez, que redujo derechos y espacios de participación de sectores sociales organizados; espacios de participación y derechos que fueron también vulnerados durante la ‘ocupación’ de territorios de los pueblos étnico-territoriales por grupos paramilitares y guerrilleros, afectando gravemente la gobernabilidad y la gobernanza de sus gobiernos.

Lo que buscan estas notas es insistir en la urgente necesidad de recuperar el terreno de la acción política propia, perdido durante tantos años de confrontación bélica, para rescatar el estado de democracia en las regiones étnicas. Esto implica el reconocimiento de nuevos derechos y ampliación de espacios de participación de los pueblos negros, indígenas y campesinos. Implica sobre todo, abandonar las corrompidas formas de hacer política, que sustituyeron la gobernabilidad perdida.

Soy del convencimiento de que las agrupaciones políticas de carácter étnico tienen mucho que aportarle al país, desempeñando un papel destacado en el desarrollo de una nueva cultura política para la transformación de la sociedad. En ese sentido, una representación política propia, es una razón importante que da vida a una forma de organización social que amplía el estado de una democracia representativa.[1] Muchos amigos de los pueblos indígenas hemos reconocido a estas agrupaciones y a su participación en política, un puesto destacado en el campo de la producción de símbolos para el desarrollo de relaciones solidarias entre los grupos humanos y de estos con la naturaleza. No obstante a estos partidos políticos se les avecina días pasan por un momento incierto. Sin ideas innovadoras y reproduciendo típicas ‘mañas’ de la politiquería, han terminado convertidos en “comodines” de la baraja electoral, para ser absorbidos –literalmente ‘fagocitados’– sin reparos éticos, por otros partidos o caudillos políticos para hacer parte, como un ingrediente más, de un ‘puchero’ político –Melting Pot [2]–. Revueltos en ese ‘sancocho’, son invisibilizadas –eclipsadas– sus particularidades étnicas, frenando un proceso de descolonización política y cultural que, no obstante sus altibajos, han venido llevando a cabo con relativo éxito.

Perdida la ‘virginidad ideológica’ –‘violación consentida’– estos partidos renuncian a ser fuerzas político-culturales significativas, con arraigo democrático y representación política propia, para contribuir a la construcción de un país más incluyente, en lo político, social y cultural.

Con representación política precaria, dejan de ser voceros de sus pueblos para convertirse en ‘floreros’ de partidos ‘trogloditas’. Llevados a manteles y sofocados por espacios ideologizados  –donde no se piensa, porque allí son las doctrinas las que piensan–, pierden la capacidad de discernir entre lo urgente y lo necesario, entre lo esencial y lo circunstancial, entre lo bueno o lo malo para sus pueblos.

Después de la ‘fusión’ con la Lista unitaria de la decencia, la oferta política –que puede seguir cambiando por la vía de nuevas coaliciones y otros arreglos– ha terminado siendo para los indígenas mercadería de ocasión. Algunos analistas opinan sin embargo, que esa Lista unitaria de la decencia para el Congreso, será el ‘palo’ electoral. Puede ser. No obstante otras agrupaciones políticas –entre ellas el partido Autoridades Indígenas de Colombia (AICO)– no han querido, no les han ofrecido lo suficiente, o no fueron llamados a ‘colgarse de ese palo’.

No son bien vistos estos malabares políticos que eclipsan a las agrupaciones políticas de carácter étnico. Y es lamentable el trastorno que últimamente ha sufrido la ASI con la actuación de su nueva directiva, al lanzar al partido al caldero de la efervescencia populista de estos momentos electorales. Esta directiva no tuvo, por decirlo de alguna manera, la ‘prudencia’ de convocar al grueso del partido a un debate consistente, amplio y desapasionado, para analizar otras alternativas –si de buscar alianzas o de dar avales se trataba–. De mirar, por ejemplo, hacia el centro del espectro político, donde se ubican Compromiso Ciudadano de Sergio Fajardo y Alianza Verde de Antonio Navarro, Claudia López y Ángela Robledo, que integran la Coalición Colombia. Una coalición que se ha tomado tan en serio depurar el sistema político de la corrupción, que ha atraído hacia ese Centro al Polo Democrático que orienta Enrique Robledo. Coalición Colombia es un movimiento que se encuentra todavía en construcción y ha mostrado ser un espacio de reflexión colectiva. De continuar decantándose este proceso de ensanchar el Centro, sería una prueba más de que es en el Centro y no en las periferias polarizadas, donde está teniendo lugar una polémica persistente –en contraposición de los extremos– para construir la comunicación política. Situarse en el Centro es recuperar para la política su sentido de-liberativo. Así se entiende la razón de que Hannah Arendt afirmara que el sentido de la política es la lucha por la libertad. Y la libertad llega por el Centro, que es el lugar donde en este momento se de-libera. La libertad nunca ha llegado por los extremos.  

Es sabido que una vez concluidos los debates y pasadas las elecciones, termina toda excitación populista de las extremas y llega la hora de la ‘gobernabilidad’ que no dispensa errores en política, que dejan al desnudo a muchos partidos, ‘comodines’ de turno. Ojalá no sucediera esto a los partidos indigenistas. Pero si así se dieran las cosas, tendrán que buscar su pronta recuperación, reuniendo de nuevo a sus bases para revalidar sus convicciones y despertar otra vez la pasión por la acción política. Y ya que la experiencia muestra que en política es escaso el fenómeno de la resiliencia –a lo sumo ‘reencauche,’ que es otra cosa–, las aventuras populistas pueden borrar a estos partidos del mapa político. En ese caso tendrán que barajar y volver a repartir, para crear un nuevo movimiento que defienda de forma más eficaz los intereses de los pueblos indígenas. Entre tanto les deseo a todos muchos éxitos en el nuevo año.

Bogotá, enero 28 de 2018


[1] Especie de “sancocho”. Analogía utilizada para representar la forma en que las sociedades heterogéneas se convierten en sociedades homogéneas.

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